agosto 09, 2009



Qin Shi Huang, en History Channel


En 1953 Ray Bradbury publicó en la revista Playboy –por entregas– una inquietante novela titulada "Fahrenheit 451", aludiendo a la temperatura necesaria para que el papel de los libros se inflame y arda. También podría haberla titulado "Centígrados 233", pero mejor quedémonos con el título original. El argumento que se desarrolla en la novela es viejo y recurrente: la quema de libros por razones vinculadas con la felicidad, la cordura, la seguridad, o el bienestar de la humanidad.

Y rememorando la novela de Bradbury me encontré con una palabra que no conocía: distopía. La busqué en el diccionario de la Real Academia y no la encontré, porque aún no ha sido aceptada. Pues bien, según lo que pude averiguar en la red una distopía es una utopía perversa en donde la realidad transcurre en términos contrarios a los de una sociedad ideal. Se usa como antónimo de utopía y se utiliza para hacer referencia a una sociedad ficticia emplazada en el futuro cercano, en donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos. En ciencia ficción, una distopía es un futuro hacia el que la sociedad actual muestra algún tipo de tendencia, como una tecnificación alienante o un uso belicista de los progresos científicos. ¿Qué tal?, pues suena bien la palabra y mejor su definición. Sin embargo, en adelante, no usaré distopía sino su acepción compuesta, es decir utopía perversa que me suena mejor... que me sabe como a princesita asesina o a mandarina venenosa. ¿O no?

Y todo comenzó hoy, es decir en el 213 a.C. con Qin Shi Huang, el Primer Emperador de la China quien en ese año firmó un decreto autorizando la quema de libros más grande –que se sepa– antes de la extinción de la Biblioteca de Alejandría, o de la hoguera armada por los nazis. Hablo de Qin Shi Huang al que hoy sábado 8 de agosto de 2009 History Channel le dedicó un programa de tres horas, el mismo que hace más de dos mil años emprendió la construcción de la Gran Muralla, y al que Jorge Luis Borges le dedicara tres Acasos:

«Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ése destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ése borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá”.

Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre.

Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan.» Otras Inquisiciones. Madrid. Alianza Editorial, 1997.

* * *

Hace años, en la UPTC, asistí a una conferencia en la que el “conferencista” quemó un libro. En realidad no fue mucho más lo que hizo, o dijo. Le preguntaron por qué había quemado el libro y contestó que porque ya lo había leído. Le preguntaron qué hubiese hecho si el libro leído fuera virtual, y no físico. El idiota no entendió la pregunta y después de que le hicieron el dibujo con plastilina contestó que no, que él no usaba computador, que esa era una máquina infernal. Aquel capullo de pirómano, al parecer, no compartía la utopía perversa que según algunos representa el mundo virtual y en la cual, de acurdo con autorizados ecos del apocalipsis, Mark Zuckerberg –el creador de Facebook– se ha erigido como el Gran hermano que maneja la información personal de millones de seres humanos.

Y, como en otras cosas, en este asunto existen varias perspectivas desde donde se puede considerar.

Digo yo a quienes se escandalizan por el uso que ladrones y bellacos dan a Facebook y a otras redes sociales como esa, en donde ubican a sus víctimas y recopilan su información. O cuando advierten sobre la propiedad de Facebook sobre todo lo que allí se suba.

Digo:

1. Si no quiere que se sepa, no lo publique.
2. Si no quiere que lo vean, no lo publique.
3. Si no quiere que se lo plagien, no lo publique.
4. Si no quiere que se lo roben, no lo publique.
5. Si no quiere estar en contacto, desconéctese… si puede.

Porque la red está ahí y atrapa. Se dice que cinco de cada 10 usuarios de Internet tiene, ha tenido, o podría llegar a tener una cuenta en Facebook. Y lo que ponga en esa cuenta será de Facebook aun cuando el usuario la cierre o, peor, así se muera.
Me pasa –como a todos– que a mi cuenta de Facebook llegan a diario sugerencias o solicitudes de amistad. El otro día recibí una de Rafael Chaparro Madiedo, el autor de Opio en las nubes, una de las mejores novelas escritas y publicadas en Colombia en las últimas dos décadas, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1992, y… ¡claro que me hubiese gustado aceptar y ser amigo de Chaparro Madiedo!, así fuese de manera virtual, así nunca nos hubiéramos estrechado la mano… pero la pendejada está en que me llegue esa invitación cuando el Lupus ya lo mató hace catorce años. Entonces apago el computador y busco a Pink Tomate, a Sven a Gary Gilmour y me hago amigo de ellos –amigo de verdad–, o me voy al baño con Amarilla y soy feliz.

Aparte de ese tipo de inconvenientes, por ahora no tengo otros problemas con Facebook y lo que allí subo o bien ya está publicado, o bien ya está en la basura… así que…

Pero regresemos al Primer Emperador del que no quiero decir nada más de lo ya dicho por Borges; solamente recordar su ataque de piromanía para relacionarlo con la utopía perversa del Gran hermano.

No sé a qué temperatura arderá Internet, pero a los Qin Shi Huang, a los nazis, a los dictadores y miopes del presente y del futuro, les va a quedar un poco más difícil preservar la buena salud, la cordura –o lo que sea– de la sociedad, pues en Facebook, en un blog, en un periódico virtual o través del correo, entre otras muchas formas, hoy es posible publicar aquello que se piensa, así se lo roben, lo que ya sería significativo pues señala su valor. Y ese es el destino de esta botella al mar que de mis manos cae al mar de los Sargazos de la utopía perversa, y que cierro con una frase de Sigmund Freud, quien al enterarse que los nazis habían quemado sus libros exclamó:

«¡Cuánto ha avanzado el mundo: en la Edad Media me habrían quemado a mí!»


Artículo publicado en el Periódico Con-Fabulación, No. 100, Agosto 10 de 2009

Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

.

.
Haga CLIC sobre la imagen