
LETANÍA DEL REY
Sé que su existencia sería una blasfemia, que soy –seguiré siendo– absoluto en mi acéfala tiniebla.
Olvidado de sí, de sus ímpetus, de sus arrebatos nocturnos, reducido a lo que mi espejo le permite se acomoda en el sofá, frente al televisor, y deja que las horas se desmoronen, inútiles, sus ojos van de un canal a otro, cristalizados reflejan el vacío de su alma antes infernal.
Y dentro, el fiero deseo se impacienta, el vicio bajo la piel se ahoga, mi queja, mi lamento, mi triste destino de no ser nadie sin usted, Mr. Hyde.
Aquí hace frío, es húmedo y oscuro, un poco incómodo quizá, pero se puede descansar. Finalmente no es muy distinto al viejo y entumecido caserón en donde vivía antes.
En la vecindad se escuchan voces (como si alguien rezara), pero no distingo las palabras, no sé qué dicen, pues todo me llega difuso. Además, están los golpes de martillo y el ajetreo de los palustres que me hacen suponer que alguien construye una casa. Pero estos ruidos no me molestan, los prefiero al hipar del caballo agonizante entre las milpas que durante los últimos años me torturó. Tampoco me llega el aire negro cargado de arena volcánica, lo que es un gran alivio.
Sin embargo, de las tormentas que a mediados del año azotan la tierra y la desgarran no he podido librarme; tampoco de estos molestos animales: no son arañas, zancudos, ratones o culebras, como en el otro lado, sino unos abusivos gusarapos que no soporto. Cualquiera dirá que por qué me fastidio, si desde siempre supe que vendrían; pero yo pensé que tardarían un poco y que la madera me protegería, pero no. Ya están aquí, estos rollizos glotones me han convertido en una masa viva que ofende a la ruina de la tierra, que maltrata al agua triste de la noche y a tus ojos, a tus bellos ojos irisados de estrellas, Susana San Juan.




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