abril 14, 2010

Pintura de Nicolas de Stael,  "Nu Allonge"
 
Negocios

 5:45 p.m.
Te sudan las manos, estás nerviosa, la ansiedad te ha trabajado durante toda la tarde. La voz del hombre que habla con tu madre es agua tibia derramándose sobre tu cuerpo. Tus ojos de gata pequeña lo recorren otra vez, y sientes que es tuyo. El crepúsculo se asoma por la ventana. Te impacientas, te distraes, ya no lo escuchas. Tus energías se concentran en evitar que él perciba tu urgencia. 

Respondiendo a tus arrebatos, te levantas y sales de la habitación.

–Tengo frío.

Solamente una frase, corta, miserable. Nunca has necesitado más que eso para hacer lo que te venga en gana.

–Tengo frío –repites– y te vas.


–Tengo hambre.

–Quiero un vestido nuevo.

–Tengo miedo... 


Eso ha sido suficiente para que tu madre te dé lo que pides. Sabes que eres su nena, su consentida.

Quiero a ese hombre para mí, piensas la frase pero no la pronuncias. Cobijada por ese pensamiento vas a tu cuarto y te recuestas en la cama, mientras afuera el sol cae sobre la colina.

Ellos, el hombre que te impacienta y tu madre, han seguido conversando como si tú nunca hubieras estado en la habitación.


6:00 p.m.
El hombre habla y tu madre escucha, atenta.

–El arreglo es simple –dice él– usted nos entrega a su hija, y la cuenta que dejó pendiente su marido se olvida.

–¡Deme otro plazo! –suplica ella– pero en el tono de su voz deja entrever que ya no tiene cómo oponer resistencia.

–¡Sólo otro mes! –dice– pero el hombre ya no la escucha. Se levanta, de su maletín saca unos pagarés, los rompe y los arroja a los pies de tu madre que lo mira, aterrada.

–¡Sólo otro mes!

–Dígale que la espero en el carro –contesta el hombre, y da por terminado el negocio.


6:15 p.m.
Sentada al lado de aquel extraño piensas en lo grata que ha sido la vida contigo. Ni siquiera fue necesario que pronunciaras: Quiero a ese hombre para mí, bastó con que lo pensaras y te fue concedido. El rostro abatido de tu madre se cruza en tus pensamientos, pero no te importa. Estás feliz.

Ella es una vieja. Se ha quedado sola pero qué le vamos a hacer, a los viejos hay que endosarles la soledad. No sabes si es él, o una voz interior quien ha pronunciado aquellas frases que sientes calientes en tu oreja. Sonríes, y dejas que la voluptuosidad que sube por tus rodillas te invada. Sabes ahora que tus 14 años anteriores sólo fueron el preámbulo para esta noche que apenas comienza. Tu primera noche con un hombre.


*  *  *  

Cuento publicado en la Revista "Volar" N. 45, marzo 2012
http://issuu.com/revistavolar/docs/revista-volar-satena-edicion-45



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© Carlos Castillo Quintero

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