julio 21, 2010

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, 2010, la editorial Caza de Libros presentará la "Colección 50 poetas colombianos y una antología". El acto se llevará a cabo el viernes 13 de agosto, en el auditorio José Asunción Silva, a las 6:00 p.m. con la participación de los 50 autores seleccionados y la moderación de Pablo Pardo, el director de la editorial. ¡Entrada libre!


1. Cántico de la piedra de Giovanni Quessep

2. Ecos de un vigía de Jaime García Maffla

3. Antología arbitraria de Jotamario Arbeláez

4. Restauración de la palabra y otros poemas de Eduardo Gómez

5. Tiempo de la memoria de Maruja Vieira

6. Antología de Víctor Gaviria

7. El legado del fuego de Gonzalo Márquez Cristo

8. En flotación de Fernando Rendón

9. Estación profética de Amparo Osorio

10. Antología provisional de Eduardo Escobar

11. Las horas olvidadas de Federico Díaz-Granados

12. Consumaciones de Julio César Arciniegas

13. Fragmentos del silencio de Jorge Cadavid

14. Brocal del pozo de Orietta Lozano

15. Antología de Olga Malaver

16. Ataúd tallado a mano de Flóbert Zapata

17. Antología poética de Carlos Fajardo Fajardo

18. Peldaños para escalar la noche de Esperanza Carvajal

19. Ab imo pectore de Carlos Castillo Quintero

20. Cuando papá perdió la guerra de Juan Gustavo Cobo Borda

21. Postal de la memoria de Luz Helena Cordero

22. Letanías del escribiente de Rafael Del Castillo

23. La fiesta perpetua de José Luis Díaz-Granados

24. Sensaciones de Gloria Stella Díaz Salom

25. Antología personal Gabriel Jaime Franco

26. Diario vivir de Luz Mary Giraldo

27. Nubes verdes para una ciudad gris de Julio Cesar Goyes

28. Tríptico de la luz de Hernando Guerra Tovar

29. El poema es nuestro viaje de Samuel Jaramillo

30. Transitar de Myriam Jiménez Quenguan

31. Cuarto creciente de Pedro Licona

32. Desde el fondo del espejo de Félix Ramiro Lozada

33. Libro de las abluciones de Carlos Alberto Castrillón

34. Los párpados cerrados de Gonzalo Mallarino Flórez

35. Ocultos incidentes de Yezid Morales Ramírez

36. Espejo de Andrómaca de Lydia Inés Muñoz

37. Algunas prosas y otros poemas de Santiago Mutis

38. Palabras migratorias de Jorge Eliécer Ordóñez

39. Por el portón salen los ausentes de Celedonio Orjuela

40. Para simular el trance de una ida de Enrique Rodríguez Pérez

41. Antología de Gustavo Rubio

42. Correo de la noche de Juan Carlos Acevedo

43. Cantos para anunciar la luz de Conrado Alzate Valencia

44. Tiempo rojo de Luz Ángela Caldas

45. Belleza partida de Eugenia Sánchez Nieto

46. Presencia del amor de Fernando Soto Aparicio

47. Antología personal Gustavo Tatis Guerra

48. Rutas sin recompensa de José Antonio Vergel

49. La piel del agua y otros poemas de Mariela Zuluaga

50. Travesía del instante de John Fitzgerald Torres

Arte Poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.


 
 

julio 19, 2010

El narrador,
o de cómo hablar con el estómago

Por: Carlos Castillo Quintero

El hombre desde siempre ha necesitado del lenguaje para su existencia. El ancestral narrador de las cuevas de Altamira que con trazos geniales contó historias de caza, el narrador omnisciente y esencial de los relatos de creación, Scheherazada ―la fascinante narradora de Las mil y una noches―, el genialmente equívoco narrador de Don Quijote, hasta los escritores contemporáneos han precisado de la imagen y de la palabra para ser, para trascender.

Y en este arbitrario listado se mezclan seres de carne y hueso con otros de ficción, es decir se resumen las dos acepciones básicas de lo que sería un narrador: el hombre que cuenta su vida, y el personaje o personajes ficticios creados por un escritor para que en un pulido ejercicio de ventriloquia narren por él.

Esta segunda acepción de narrador viene de la narratología de Todorov, y lo señala como el sujeto que describe las acciones, define el espacio y tiempo narrativo, desarrolla los personajes y, esencialmente, se convierte en el interlocutor del receptor inmanente de ese discurso narrativo, es decir del narratario. Pero estas definiciones válidas en el contexto de la Academia, poco sirven al hablar del oficio de escribir. Allí me gustan más las posibilidades de la ventriloquia, es decir del arte de hablar con el estómago.

Se dice que este arte menor, propio de charlatanes, está orientado esencialmente al mundo del espectáculo y la feria. El artista debe ―y en eso radica su maravilla― emitir su voz en la forma más discreta posible, concediéndole a su muñeco la posibilidad de hablar sin que él mueva los labios, es decir a costa de su inexistencia. Si el ventrílocuo es bueno su personaje hablará, tendrá vida propia, y el público se olvidará de quien lo maneja.

Así, ese acto de habla consistente en representar de manera coherente una secuencia real o ficticia de acontecimientos, es decir la narración, queda en manos de un ser inexistente en doble vía: el autor que deja de existir a favor de sus personajes que narran, y los personajes que a pesar de “contar su vida” no existen, son apenas unos muñecos de feria, engendros originados en la cabeza del escritor.

Hay escritores que han hecho tan bien su trabajo, que el lector no los recuerda. Por ejemplo, se tienen tratos con Sherlock Holmes a través de varios formatos: novela, cuento, comic, caricatura, serie de TV, película, etc. pero es frecuente que sus seguidores no sepan ―o no les importe― quién es Sir Arthur Conan Doyle, su creador. Y quizá apenas recuerden a quien lo narra, el dedicado Dr. Watson. Aquí quien existe no es propiamente el narrador sino el producto de su arte: el personaje.

De eso trata la feria: un embaucador (el escritor) que habla con el estómago y pone su voz en un muñeco (el narrador) para contar las peripecias de alguien (el personaje). Después siguen los aplausos.

(Notas Quinto Encuentro Distrital de Escrituras Creativas,
Centro Cultural Gabriel García Márquez, junio 29 de 2010)

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