marzo 16, 2012

Mesalina, 1959, Antonio Saura 

Por: Carlos Castillo Quintero

Hace veintisiete años vi la ciudad por primera vez. En el Terminal de Transportes el frío se deslizaba —triste— por entre los buses de Rápido Duitama (lasGacelas) y los de Coflonorte. Sentí ese viento gélido sobre el rostro que anticipa la niebla, la aridez: primera maldición con la que cargan estos riscos y que se atribuye a Hunzahúa.

Una muchedumbre rala daba tumbos entre las casetas de tinto, los baños, los puestos de fritanga. Un voceador en muletas con gran algarabía anunciaba la salida de los buses para el Valle de Tenza, y un niño de rostro cetrino y greñas ásperas le competía las monedas. El lotero de ojos zarcos me miró y, atento a las rutas de la fortuna, huyó de mi presencia. Seguí a los que iban hacia la Plaza de Bolívar. Había muy pocos carros y mucha gente melancólica, ida. En el Cenicero reclutas y domésticas amansaban las horas sin mucho afán, tomados de la mano, mirando a hijos ajenos que correteaban a las palomas. El Pasaje de Vargas me recibió: entré a la primera cafetería, a mano izquierda, y una dama pálida, amable pero seria, me sirvió un tinto en un blanco pocillo de Café de Colombia.

Era la primera vez que salía de Miraflores, mi pueblo natal, para no regresar nunca más. Bastó un golpe de vista para saber que aquí, entre esta bruma, la vida era dura: así lo reflejaban los rostros de los pensionados que estaban a mi alrededor, sobrevivientes de la burocracia instaurada por una monarquía politiquera casi analfabeta. Y quizá la vida no fuera dura, pero sí aburrida.

No necesité mucho tiempo para tener pleno conocimiento de los horrores que en esta ciudad de templos y rezanderas se cometen. Había recogido mis pasos hasta el Terminal de Transportes, esta vez en plan de trabajar bajo la autoridad de un paisano, un amigo de mi papá que tenía en arriendo esa ruina. Supe entonces del Farolito, Casa verde y otros lupanares en donde una Mesalina de ojos chinos ofrecía, desde hacía décadas, su cutánea magia. También tuve noticias de que la Universidad era un barril de pólvora alimentado por ideas que bajaban de la Sierra Maestra, viajando sobre el Caribe en casetes de Silvio. La Universidad, a eso había venido aquí.

Encuentros casuales, averiguaciones callejeras y laberintos de frío, me condujeron a la madriguera de los intelectuales y los poetas, lectores compulsivos de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, indiscretos discípulos de Walt Whitman, que subrayaban un ejemplar ajado del Manifiesto Comunista o del Lobo estepario y que en los matices ordinarios de esas lejanas noches hallaban un sentido de vida. Todos creían en la posibilidad de una sociedad más justa, o más poética, por lo menos. Los anquilosados en el Palacio de la Torre no pensaban igual.

La rueca, el Son montuno, Luna de Changó… entre otros nombres simultáneos tuvo aquella madriguera. Los danzantes eran los mismos. Negadores del frío y de Hunzahúa que hacían prolíficas las posibilidades de la palabra, el color, la imagen y las ideas.
Y como un avatar (dice el Diccionario: En el marco del hinduismo, un avatar es la encarnación terrestre de un dios, en particular Visnú) allí estaba, en un extremo, el maestro Germán Villate Santander. Y en el otro, como un íncubo áureo, fumaba el poeta Fabio Ocampo López, tiñendo la noche de una eternidad provisional que era renovada al día siguiente.

Eso fue la ciudad hace más de cuatro lustros —la mía— y hoy ha desaparecido. Quizá se la llevó al infierno la Mesalina de ojos chinos.

La noche ya no tiene esquinas.

El avatar de rasputínica barba y el íncubo fumador están cuadrando cuentas con Caronte, viejo curtido que no cree en las poéticas monedas de papel que le presentan aquellos viajeros.
Hace cuatro días vi la ciudad. Caminé por unos andenes magníficos pensados para que la gente camine. Y me estrellé con una realidad cruda y amarga, sin tensión: la de la politiquería que sigue señoreando, incólume. Solo que ahora no es analfabeta sino que ostenta títulos de maestría, lo que la hace peor. Mientras tanto el reggaetón y otros alucinógenos atraviesan la ciudad: callejón sin muros en el que algunos están atascados, crisis con salida.
También marchan —hacia una noche que desconozco— una cantidad afortunada de mujeres bonitas.

Sé que aquí, en esta bruma, se cultiva una sensibilidad casi legendaria, en conflicto perpetuo con la burocracia, los puestos y los doctores… Sé que esto va a cambiar algún día. Sé que ser optimista es una forma irracional de la inocencia, pero lo soy. Estupidez, dirían otros.

Termino esta estela fría y triste con una de las páginas del Diario de Walter Gripp, escrito en los confines de Marte. Dice:

DÍA DIECISIETE

Ahora que las madres copulan con los fantasmas de sus amorosos despojos.
(Colmena de condenados que asedian los extramuros de la ciudad)

Ahora que huyen ―mudas― con la negada embriaguez de un crimen del que no fueron capaces.

En este instante en el que los sapos adoran a Harry Houdini, con la seguridad de que estarán aquí mañana.

Ahora que es un nuevo día sobre la tierra para que aquellas desesperadas cautiven a los marinos.

En esta hora ciega, anudada con pañuelos negros.
Cuando ya no queda ni la perspectiva de un combate, y el deseo es apenas un muñeco de cuerda, va mi canción fallida:

Dime, ¿qué poema te gustaría escuchar hoy?

Recuerda que los Hathaway  «…noche a noche, sin falta, sin ningún motivo, salen de su casa y miran el cielo».

* * *

Publicado en El Diario, "Libro de Arena"
http://periodicoeldiario.com/index.php?option=com_content&view=article&id=774&Itemid=127

marzo 08, 2012

Se me ocurre que una forma digna de celebrar el Día Internacional de la Mujer es convocando a la poesía escrita, pintada y cantada. Y qué mejor que sea con obras de Jorge Luis Borges, Amadeo Modigliani y Luis Eduardo Aute.

¡Felíz día Mujer!


* * *


Detail of “Woman with a Necklace” by Amadeo Modigliani (1917)


DOS POEMAS INGLESES
Por Jorge Luis Borges (1934)

I.

El inútil amanecer me encuentra en una esquina desierta; he sobrevivido a la noche.

Las noches son olas orgullosas; olas pesadas y oscuras, abrumadas con todos los tintes del despojo, abrumadas con cosas imposibles y deseables.

Las noches tienen un hábito de regalos misteriosos y de rechazos, de cosas a medio entregar, a medio rehusar, de joyas con un hemisferio oscuro.

Las noches actúan de esa manera, te lo advierto.

El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados retazos y cabos sueltos: algunos odiados amigos para charlar, música para los sueños, y el humear de amargas cenizas. Cosas que no le sirven a mi corazón hambriento.

La gran ola te trajo.

Palabras, unas palabras, tu risa; y tú tan indolente, tan incesantemente hermosa. Charlamos y has olvidados las palabras.

El destrozado amanecer me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.

Tu figura que se aleja, los sonidos que van a formar tu nombre, la cadencia de tu risa: estos son los insignes juguetes que me dejaste.

Los pongo de cabeza en la madrugada, los pierdo, los recupero; se lo cuento a un puñado de perros vagabundos y a las pocas estrellas extraviadas de la aurora.

Tu oscura y espléndida vida...



II.

¿Con qué puedo retenerte?

Te ofrezco calles descarnadas, desesperados ocasos, la luna de rasgados suburbios.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado larga y lentamente la luna solitaria.

Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado en mármol; el padre de mi padre, caído en la frontera de Buenos Aires, dos balas en los pulmones, barbado y muerto, arropado por sus soldados en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre –apenas veinticuatro años- al frente de una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora fantasmas sobre caballos desvanecidos.

Te ofrezco cualquier hallazgo que puedan guardar mis libros, cualquier hombría, el humor que pueda tener mi vida.

Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.

Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, de algún modo: ese corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños, y que no ha sido tocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades.

Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla, contemplada al atardecer, años antes de que tú nacieras.

Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías acerca de ti misma, auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.

Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el ansia de mi corazón; Estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

* * *

Desnudo femenino sentado. Amadeo Modigliani (1906)

TWO ENGLISH POEMS
Por Jorge Luis Borges (1934)

I.

The useless dawn finds me in a deserted streetcorner; I have outlived the night.

Nights are proud waves: darkblue topheavy waves laden with all hues of deep spoil, laden with things unlikely and desirable.

Nights have a habit of mysterious gifts and refusals, of things half given away, half withheld, of joys with a dark hemisphere. Nights act that way, I tell you.

The surge, that night, left me the customary shreds and odd ends: some hated friends to chat with, music for dreams, and the smoking of bitter ashes. The things my hungry heart has no use for.

The big wave brought you.

Words, any words, your laughter; and you so lazily and incessantly beautiful. We talked and you have forgotten the words.

The shattering dawn finds me in a deserted street of my city.

Your profile turned away, the sounds that go to make your name, the lilt of your laughter: these are the illustrious toys you have left me.

I turn them over in the dawn, I lose them; I tell them to the few stray dogs and to the few stray stars of the dawn.

Your dark rich life…

I must get at you, somehow: I put away those illustrious toys you have left me, I want your hidden look, your real smile –that lonely, mocking smile your mirror knows.



II.

What can I hold you with?

I offer you lean streets, desperate sunsets, the moon of the ragged suburbs.

I offer you the bitterness of a man who has looked long and long at the lonely moon.

I offer you my ancestors, my dead men, the ghost that living men have honoured in marble: my father’s father killed in the frontier of Buenos Aires, two bullets through his lungs, bearded and dead, wrapped by his soldiers in the hide of a cow; my mother’s grandfather –just twentyfour- heading a charge of three hundred men in Perú, now ghosts on vanished horses.

I offer you whatever insight my books may hold, whatever manliness humour my life.

I offer you the loyalty of a man who has never been loyal.

I offer her that kernel of myself that I have saved, somehow – the central heart that deals not in words, traffics not with dreams and is untouched by time, by joy, by adversities.

I offer you the memory of a yellow rose seen at sunset, years before you were born.

I offer you explanations of yourself, theories about yourself, authentic and surprising news of yourself.

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat.

Trad. Antonio Camou. Publicado en el Suplemento Cultural del Diario Hoy (La Plata), junio de 2006, en el vigésimo aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges.


Tomado de la web de Antonio Camou. Ver:
http://www.antoniocamou.com.ar/DOS%20POEMAS%20DE%20BORGES%20Y%20UNA%20MUJER%20PERDIDA-Camou.htm


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"No levantes ningún muro en tu cuerpo esta noche..."





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