diciembre 03, 2013


(En un día como hoy, 3 de diciembre, murió este escritor, una de las voces más importantes de las letras latinoamericanas. Pequeño homenaje)


Juan José Arreola
Nació el 21 de septiembre de 1918 en Ciudad Guzmán, Jalisco (Zapotlán el Grande). Autodidacta, aprendió a leer "de oídas" y nunca concluyó la primaria. En 1936, llegó a la capital y se inscribió en la escuela de teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

En México Arreola hizo teatro con Rodolfo Usigli, Xavier Villarrutia y en Francia con Louis Jouvet yJean Louis Barrault. Miembro del grupo teatral "Poesía en voz alta"; creó talleres literarios, dirigió importantes publicaciones (Los presentes, Cuadernos y Libros del unicornio, la revista Mester y las ediciones del mismo nombre, durante la década de 1960).

Publicó Varia invención (1949), Confabulario (1952), La hora de todos (teatro, 1954), Bestiario (1958),La feria (novela, 1963); su última obra escrita, La palabra educación (1973), es una recopilación de sus intervenciones orales.

Recibió numerosas distinciones, como el Premio Nacional de Lingüística y Literatura 1976, el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Nacional de Programas Culturales de Televisión o la condecoración del gobierno de Francia como oficial de Artes y Letras Francesas.

Juan José Arreola falleció el 3 de diciembre de 2001 en Guadalajara, Jalisco (México).

FUENTE: http://www.buscabiografias.com

ALGUNOS DE SUS CUENTOS CORTOS...



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El mapa de los objetos perdidos

El hombre que me vendió el mapa no tenía nada de extraño. Un tipo común y corriente, un poco enfermo tal vez. Me abordó sencillamente, como esos vendedores que nos salen al paso en la calle. Pidió muy poco dinero por su mapa: quería deshacerse de él a toda costa. Cuando me ofreció una demostración acepté curioso porque era domingo y no tenía qué hacer. Fuimos a un sitio cercano para buscar para buscar el triste objeto que tal vez él mismo habría tirado allí, seguro de que nadie iba a recogerlo: una peineta de celuloide, color de rosa, llena de menudas piedrecillas. La guardo todavía entre docenas de baratijas semejantes y le tengo especial cariño porque fue el primer eslabón de la cadena. Lamento que no le acompañen las otras cosas vendidas, las monedas que he podido gastar. Desde entonces vivo de los hallazgos que el mapa me otorga. Vida bastante miserable, es cierto, pero que me ha librado para siempre de toda preocupación. Y a veces, de tiempo en tiempo, aparece en el mapa alguna mujer perdida que se aviene misteriosamente a mis modestos recursos.


Epitalamio


La amada y el amado dejaron la habitación hecha un asco, toda llena de residuos amorosos. Adornos y pétalos marchitos, restos de vino y esencias derramadas. Sobre el lecho revuelto, encima de la profunda alteración de las almohadas, como una nube de moscas flotan palabras más densas y cargadas que el áloe y el incienso. El aire está lleno de te adoro y de paloma mía.

Mientras aseo y pongo en orden la alcoba, la brisa matinal orea con su lengua ligera pesadas masas de caramelo. Sin darme cuenta he puesto el pie sobre la rosa en botón que ella llevaba entre sus pechos. Doncella melindrosa, me parece que la oigo cómo pide mimos y caricias, desfalleciente de amor. Pero ya vendrán otros días en que se quedará sola en el nido, mientras su amado va a buscar la novedad de otros aleros.

Lo conozco. Me asaltó no hace mucho en el bosque, y sin frases ni rodeos me arrojó al suelo y me hizo suya. Como un leñador divertido que pasa cantando una canción obscena y siega de un tajo el tallo de la joven palmera.




La trampa

Hay un pájaro que vuela
en busca de su jaula.

F. Kafka.


Cada vez que una mujer se acerca turbada y definitiva, mi cuerpo se estremece de gozo y mi alma se magnifica de horror.

Las veo abrirse y cerrarse. Rosas inermes o flores carniceras, en sus pétalos funcionan goznes de captura: párpados tiernos, suavemente aceitados de narcótico. (En torno a ellas, zumba el enjambre de jóvenes moscardones pedantes).

Y caigo en almas de papel insecticida, como en charcos de jarabe. (Experto en tales accidentes, despego una por una mis patas de libélula. Pero la última vez, quedé con el espinazo roto). Y aquí voy volando solo.

Sibilas mentirosas, ellas quedan como arañas enredadas en su tela. Y yo sigo otra vez volando solo, fatalmente, en busca de nuevos oráculos.

¡Oh Maldita, acoge para siempre el grito de mi espíritu fugaz, en el pozo de tui carne silenciosa!
 




La lengua de Cervantes

Tal vez la pinté demasiado Fra Angélico. Tal vez me excedí en el color local de paraíso. Tal vez sin querer le di la pista entre el catálogo de sus virtudes, mientras vaciábamos los tarros de cerveza con pausas de jamón y chorizo. El caso es que mi amigo halló bruscamente la clave, la expresión castiza, dura y filosa como un puñal manoseado por generaciones de tahúres y rufianes, y me clavó sin más ¡puta! en el corazón sentimental, escamoteando la palabrota en un rojo revuelo de muleta; la gran carcajada española que hizo estallar su cinturón de cuero ante el empuje monumental de una barriga de Sancho que yo no había advertido jamás.
 
Contrición
Ya sé, con algún teólogo moderno, que el mal también es útil. Puede desembocar en el bien. Y hay una idea muy bella precisamente de ese teólogo, que dice que el arrepentimiento puede modificar el pasado y hacer que todos los acontecimientos de la vida se coordinen hacia un fin.

Lo importante es lograr que en la hora de la muerte, todos los hechos de la vida armonicen y se subordinen al acto final de conciencia. Que a través de una visión cónica, en lo más profundo se vea el primer acto de conciencia, simultáneo con el último. La contrición es la única manera de irse del mundo. Nada debe ser más triste que morirse rencoroso o sediento de vida. Podría yo decir, porque probé de todo un poco.

La última camiseta

Pertenezco al género confesional. Soy un hombre que siempre busca confidente. Muchas veces a una persona que acabó de conocer le arrojo el tonelaje como un camión de volteo. Quiero morir sin que haya quedado oculta una sola de mis acciones. Entre sacerdotes de la infancia y médicos de la juventud, y amigos y amigas de todas las épocas, está mi vida hasta en lo más vergonzoso. Todavía me queda esta última camiseta… hasta el hueso, pues.

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FUENTE: http://minisdelcuento.wordpress.com/category/juan-jose-arreola/

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