julio 24, 2015


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Del libro inédito “Noches con cerrojo – Fragmentos del Diario de W.G.”

Día uno

El zepelín cruzó la niebla. Miré hacia abajo y el cielo se había ido.
Rashomon aguardaba: dejé los cadáveres junto a los otros y me dispuse a regresar.
Antes, vi a una mujer blanca. Estaba desnuda confundida con los cuerpos. No tenía cabellera, ni dientes.
Con voz ronca pronunció: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
No entendí. Es decir, escuché la frase pero no supe qué significaba.
Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche, repitió la vieja y soltó una carcajada. Su risa invadió todo.
El zepelín intentó remontar el vuelo, pero aquella risa no lo dejó.
C
a
í
Me arrastré hasta la escalera y busqué una luz para encarar la sombra. Cansado, me recosté contra un muro oloroso a excremento.
Un sopor me invadió. Antes de entregarme al sueño sentí que un animal ancestral se arrimaba contra mi pecho. Sentí su aliento enfermo.
Escuché que decía: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche...
Después otra vez la carcajada.


Día tres

En la entrada se presentía el primer escalón.
Comencé a descender y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Comprobé que la escalera parecía una escultura sin sentido, el producto inenarrable de una mente enferma.
Seguí bajando por aquella pesadilla. Escher en su tumba encendió un zippo, y sonrió.
Al final, como era de suponer, no había nada, apenas un negro profundo.
Me acurruqué y me puse a llorar. No como un niño, sino como un hombre que ve el horizonte ahogado en sus ojos.
Estuve así durante horas…
Cuando levanté el rostro noté que no era yo quien lloraba.
Ahí, al otro extremo de la sombra, estaba ella: bonita y triste, apenas cumplida su mayoría de edad ―acurrucada― llorando como una niña y con el horizonte sitiándole los ojos.
Me miró. La miré. Y juntos miramos hacia arriba, buscando la escalera: no estaba, o no la vimos, o, quizá, Maurits Cornelis Escher la estaba usando en ese momento.
Entonces, lloré de verdad.


Día siete

Declaración del Capitán John Black:
Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.
Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.
Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.
¿Quién más podría ser?
Todavía conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.
Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.
Mi casa es un montículo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.
He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.
(Una anciana escupe sobre mi nombre)
Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.
Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.
No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.
Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.


Día trece

Al principio pensé que la ciudad estaba deshabitada, pero quedaban ellos.
Sobre los techos de las casas más altas y en las azoteas de los edificios, con mantas atrapaban la niebla y se la comían.
Recordé las calles de mi niñez, las fiestas, los carritos de algodón en las esquinas.
Aquella gente comía niebla como yo comía algodón de azúcar cuando pequeño: atragantados.
Los más hábiles en la medida en que comían se iban trasparentando, hasta desaparecer.
Los torpes comían las sobras que bajaban por las acequias, y a pesar de que apenas se alimentaban ya casi eran del color del aire.
Entre esa multitud traslúcida creí ver un rostro conocido. Una mujer de antes. Unos labios…
Sentí hambre. Me olvidé de buscar el zepelín, y armado de una varilla que hallé abandonada, fui por lo mío: tragué niebla hasta que mis manos desaparecieron.

Día catorce

El anciano corría por el parque.
De vez en cuando de su boca emergía un vaho macilento.
Llevaba audífonos y un mp4 al cinto. Cada vuelta ―unos 200 metros― le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
La vieja tejía ―en crochet― un saco de lana para su nieto. Sentada a la entrada del Edificio Consistorial dejaba que el vacío de sus ojos siguiera los abandonados caminos del parque.
Tejía de memoria y antes de terminar destejía lo hecho. Esa labor le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
El zepelín avanzó y en mis ojos cargué con aquellos viejos, y con sus crepúsculos.


Día diecisiete

Ahora que las madres copulan con los fantasmas de sus amorosos despojos.
(Colmena de condenados que asedian los extramuros de la ciudad)
Ahora que huyen ―mudas― con la negada embriaguez de un crimen del que no fueron capaces.
En este instante en el que los sapos adoran a Harry Houdini, con la seguridad de que estarán aquí mañana.
Ahora que es un nuevo día sobre la tierra para que aquellas desesperadas cautiven a los marinos.
En esta hora ciega, anudada con pañuelos negros.
Cuando ya no queda ni la perspectiva de un combate, y el deseo es apenas un muñeco de cuerda, va mi canción fallida:
Dime, ¿qué poema te gustaría escuchar hoy?
Recuerda que los Hathaway  «…noche a noche, sin falta, sin ningún motivo, salen de su casa y miran el cielo».


Día cuarentaiséis

Sé que el cielo se confunde.
(En mi vida, como en este Diario, hay días que no existen)
Antes de la última luz deseo tu garganta. La cruz de tus senos.
Sé que huyo de la máquina que me ayuda a respirar, y que no siempre recuerdo lo soñado, lástima.
Estoy entumecido y cansado. Han ocurrido demasiadas cosas: han pasado cuarenta y ocho horas sin que me preocupe por la primavera.
No quiero el filo hambriento de mi navaja.
No quiero mi nombre en la lista de los que se quedaron mirando la noche, y después no encontraron el camino de regreso.
No quiero quedarme dormido, y que este desierto sea tu mortaja.


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Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

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