marzo 07, 2015

Claudia R. Niño - "Tributo" - Óleo sobre lienzo, 2008

No olvida la palabra al que muere en el mar
o se abandona 
a la tormenta que sabe que viene,
al que camina en la tiniebla o sobre las aguas
y escribe un único poema de arena
que borra con su pie.
No olvida, pero se pudre
como el agua quieta en una artesa 
(o la sonrisa del muerto)
si no fluye
si no se pronuncia 
si no se escribe...

¡Ah! de la lengua herida que se resiste
a develar el nombre
de uno que merece la horca, 
la cárcel,
o por lo menos el desprecio
de su hija que vive lejos
y tiene un hogar
y recoge cerezas silvestres
y lo odia (en la noche lo odia)
y siente miedo.

¿Y qué del poseído 
que desde el púlpito niega la canción de amor
que aprendió durante el último verano?

¡Ah! del tiempo que enmudece
en la falda de la adolescente
y roza sus muslos
mientras ella se arregla las uñas
ajena
a su madre que la mira desde el balcón
y aguarda a que su niña le cuente
o la brisa
o aquellos opulentos senos (¿envidia?)
le digan que su niña, ya no es su niña,
que ya conoce la mano de un hombre
la fuerza
el veneno en sus labios 
(en su cintura)
la simiente en su entraña,
y el deseo de no ser sino en otro
del que apenas conoce el nombre.

¿Y qué del solitario que no sabe 
cómo pedirle a la dama nocturna 
que detenga la guadaña de su entrepierna, 
o lo asesine?

No olvida la palabra, pero se olvida...

Se olvida el alfabeto de grillo
que escribe la lluvia sobre el asfalto.
El rezo del que no mueve los labios
porque no sabe ninguna oración.
El grito del niño en el útero
(su letanía) para que su mamá no llore, no maldiga,
no lo mate.
Se olvida la palabra,
se abandona en su cárcel
el signo cae, se amontona, inútil,
inútil el verso
si no sirve para decir tu nombre.

Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

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