Iniciación
>> febrero 01, 2010
Vive en el penthouse de uno de los edificios del norte ocupados en su mayoría por ex deportistas ahora mezclados con el mundo de la farándula, diplomáticos, actores y otras gentes de las que es mejor no saber mucho, todos de variable fortuna y muy alegres, pues siempre hay fiesta en alguno de los trece pisos.
En el ascensor sin motivo alguno La Nena recuerda, diáfanos, los rostros de sus compañeras del internado… ¿Por qué lo llamarán ascensor si también sirve para bajar?, dice, al llegar al primer piso pero nadie la escucha. Su sonrisa ahora parece alegre.
En la calle un ventarrón arrastra personas como hojas sueltas de cuaderno y las mete en los autobuses como quien pone artículos en un carrito de supermercado. Al mezclarse con los transeúntes siente, por un momento, que hace parte de un animal enorme que serpentea por el andén con miles de ojos, patas, senos, brazos, sexos y miles de pensamientos que no lo dejan recordar quién es, a qué especie pertenece o si ya está extinguido. Mira su reloj y comprueba que aún le queda tiempo.
Desde la fachada de un cinema Pierce Brosnan la mira, sonriente, y La Nena respondiendo a un reflejo de su cuerpo se detiene y se queda mirándolo: ya está viejo pero las canas le lucen. Los que hacen fila para entrar a cine parecen felices y ella ahora lo está también: feliz de que Pierce Brosnan la haya mirado, de sentirse un poco niña, inocente, y de hacer parte de ese asfáltico animal que se arrastra por toda la ciudad. Apaga el celular y decide entrar a cine. Sonríe, su sonrisa recuerda el gesto tatuado en el rostro de un payaso de carnaval.
Por favor, no te burles de mí: soy un viejo necio y tonto, de más de ochenta años, ni una hora más ni menos, y, para hablar con franqueza, me temo que no estoy en mis cabales... No te rías de mí, pues, como que soy hombre, creo que esta dama es mi hija Cordelia… y quien habla es una mujer negra, la protagonista de la película, que en su cuarto repite monólogos en desorden, patética, buscando un cigarrillo, riendo, hablando con un pequeño búho y, sobre todo, hablando por teléfono: a la tienda para pedir cigarros, a la policía para protestar porque los de la tienda se han negado a hacerle un domicilio, a una amiga para lamentarse porque la policía no atiende su llamado, a su ex amante que tenía la mala costumbre de fumarse sus cigarrillos y de llevarse los de reserva, otra vez a la amiga, a un sacerdote para confesarle momentos inconfesables pasados con su ex, a los bomberos a ver si pueden darle fuego pues ha encontrado debajo de la cama una colilla aprovechable, otra vez a la policía que al fin de cuentas tiene la responsabilidad de ayudar a los ciudadanos... La mujer no para de hablar por teléfono, de discutir, de argumentar, incansable, a pesar de que todo el mundo parece colgarle dejándola en mitad de su perorata. La Nena siente que le duele la cabeza. ¿Soy yo urraca, que andar tengo por casa dando saltitos? Un paso, otro contrapaso, una floreta, otra floreta... ¡Qué locura!, dice la mujer en la pantalla hablándole al búho y parece que va a continuar pero es interrumpida por el timbre de la puerta:
–¿Quién es?
–De la compañía de teléfonos.
–Nadie los ha llamado, nadie los necesita.
–Vamos, señora, abra la puerta. Vengo a recoger el MODEM.
–¿Mi teléfono?
–No, sí, es decir, el aparato de la compañía.
–No puede hacer eso, soy actriz, de las mejores de Broadway, y el teléfono es mi contacto con el mundo exterior.
–Señora, por favor, la línea está cortada desde hace meses... ¡abra la puerta!
El desenlace de la película la deprime un poco, pero no está triste. Enciende el celular. A la salida se deja mirar otra vez por Pierce Brosnan y promete venir a verlo. Aún es temprano, tiene tiempo de deambular un rato por la ciudad. Las vitrinas de los almacenes, convertidas momentáneamente en grandes pantallas de TV, transmiten el discurso que ofrece un hombre negro desde la Casa Blanca exhortando a los ciudadanos del mundo a que no olviden ese día: 11 de septiembre. Y a mi qué me importa este día, piensa La Nena, ve con desprecio al hombre que habla y sus ojos se van, por un segundo, hacia calles más tranquilas. Recuerda su pueblo, a su papá, a su melliza… y de repente desde sus pensamientos la mujer de la película la mira, es algo simiesca, quizá, pero bonita; hubiera merecido que dejaran tranquilo su aparato telefónico, o una muerte nocturna, con su pequeño búho y la piel de su ex al otro lado. Es triste quedarse sin línea telefónica, piensa… ring, ring dice, a gritos, pero su voz es un pozo triste, nadie la escucha, todos caminan aprisa como si en sus casas los estuviera esperando alguien con impaciencia, o con árboles dorados en las manos. Mira el celular que lleva en la mano y le dan ganas de estrellarlo contra el pavimento.
Piensa otra vez en su papá, el fotógrafo, en los años que han pasado sin verse, sin hablar, comunicándose sólo para lo necesario, y ni eso. Piensa en que quizá ya esté muerto. Muerto, repite en su pensamiento y sin notarlo se pone triste. En la agonía de aquella tarde la tristeza le luce. Está sola, triste y bonita. Disfrazada de colegiala.
Camina como una autómata hasta que decide tomar un taxi, no quiere subir al metro vestida así, se siente ridícula. Piensa en lo que pensaría su papá si la viera, y sonríe. El chofer la mira desde el espejito sin ningún recato. Decide tomar una pepa azul de las que le entregó Julián como anticipo: Dos de esas lo resuelven todo, dijo, al entregarle el frasquito. Por lo pronto, que no me importe que este idiota me mire como si fuera una galletita fresca, piensa La Nena, mientras la noche, maniática, empieza a girar…
Ve pasar las calles del centro que descienden hacia una catarata plomiza, una plaza en forma de riñón, restaurantes, edificios de apartamentos, un pasadizo perforado por los ojos de cientos de pequeñas tiendas, pececitos brillantes, ve pasar un puente rojo que se mece como un columpio, una cara pintada de blanco que se acerca al vidrio y gesticula, obscena, ve un policía acostado en la avenida con traje de playa, sonriente, bebiendo whisky, ve un laberinto de túneles de música extendida más allá de la vista, al Rey Lear con un traje de arpillera y otros andrajos, a su hija Cordelia, a una mujer de vestido rojo y rodillas perfectas en un carro de bomberos que aúlla, a Pierce Brosnan que no la mira, a su profesor de trigonometría envenenado por la luna y las piernas rosaditas de la hermana Sanalfonso, lata de atún bocaditos en aceite, ve un rostro con una cicatriz que bajo la piel ha conservado su purulencia, a sus manos de adolescente todavía nostálgicas, ve al animal serpenteante sobre los andenes y miles de autos entrecruzados con tenaz insistencia, ciempiés iridiscente.
En la radio suena Song for the moment de Eminem y se da cuenta que el taxista es un blanco con pinta de negro, un Michael Jackson a la inversa, y ya no le molesta que le mire las piernas: es inofensivo. Se siente como una galletita fresca, cosa dulce. Ve a un hombre arrastrando su melena en una casa asediada por las alimañas, solo, llorando frente a una puerta ciega, ve a un niño desnudo con los labios delgados y una trompeta al hombro, ve a un hombre limpio que se dirige al trabajo vestido con un traje azul oscuro con rayitas y corbata con delfines atravesados, rostro cubierto de pelos eréctiles, ve a una mujer sin labios que repite un nombre que se quiebra contra una bombilla del alumbrado, ve a Mónica Lewinsky, con la boca abierta, asomada a una ventana en una de las torres del World Trade Center, ve al vecino del piso doce que no sabe ningún idioma, ve los rostros de sus compañeras del internado, ve a una urraca parada sobre una señal de tránsito, ve al operario de la compañía de teléfonos, ve a su papá, acosado por un jardín de girasoles de oro y a sus ojos cubo de hielo en el vaso de whisky del policía. En la radio suena Girlfriend de Avril Lavigne y se siente niña de nuevo, noviecita. Ve, otra vez, a los ojos de su papá que la ven desde el asiento trasero de un auto, febriles, ve una ciudad abandonada que vive dentro de la gran ciudad y que agita un abanico de seda roja, perfume de medianoche, ve a un mariachi que aguarda bajo un árbol a que pase la lluvia, ve a un organillero que llora sobre el cadáver de un periquito de cristal…
–Llegamos –dice el taxista.
–Gracias –contesta, paga la carrera y se dirige hacia el Excalibur.
La jardinera le roza las piernas dejándole a cada paso una sensación de sutil erotismo, bajo la camisa los senos desnudos imponen sus capullos erectos a través del dacrón azul celeste, mientras sus pequeños pies calzados con zapatos negros de amarrar y enfundados en medias blancas atraviesan la calle rumbo al Excalibur. Los cuadritos azules y grises que se entrecruzan en el estampado de la falda le hacen recordar –otra vez– a su profesor de trigonometría: era simpático pero se tomaba muy en serio su papel y no permitía que ni siquiera una sonrisita se escapara de sus labios sensuales, y menos que sus ojos negros se detuvieran en la voluptuosidad de sus piernas de adolescente que se desprendían desnudas de aquel pequeño pedazo de cuadrícula tejida y se le ofrecían con descaro en la primera fila. Recordó los regaños de la hermana Sanalfonso, la coordinadora de disciplina del internado, exigiendo que el ruedo de la falda de todas las niñas estuviera cuatro dedos abajo de la rodilla y no lo contrario como La Nena la usaba.
Tal vez porque estaba vestida de colegiala, o simplemente porque así lo quiso, pues nunca había necesitado ninguna ocasión especial para echar de menos a su papá, sintió que a pesar de todo hubiera sido bonito que también esta vez él le hubiese puesto el corbatín, metiendo su mano bajo la falda para jalarle la camisa y después, con delicadeza, arreglarle el cuello mirándola como un pintor que acaba de dar la pincelada final a su obra maestra. Le hubiera gustado sentir nuevamente aquella mano velluda y fuerte apretando su cintura para conducirla hasta la puerta de la casa dándole, como siempre, un beso tierno en cada mejilla dejándola ir de entre sus brazos con esa expresión de animal doméstico perdido en la selva y su voz profunda que siempre la despedía con un que te vaya bien Nena que sonaba a un adiós irremediable, como si ella no se fuera para la escuela, a quince minutos de su casa.
Quiso ver otra vez sus ojos brillantes midiendo su rastro sobre la mayólica del patio, con la mano derecha, sutil, sumergida en el agua de la fuente, con la misma expresión de quien retorna al mar a un pequeño pez que por azar ha caído en su anzuelo. Pudo verse, por segundos, en un límite único del tiempo, en la casa de los girasoles, a una edad y en un cercano lugar del pasado en donde fue feliz y donde quedó abandonado, ya roto, el cáliz cristalino de su infancia.
En sus ojos verdes se refleja el aviso de neón del Excalibur, en donde una mujer perfilada con trazos de vidrio luminoso manipula una espada repitiendo incesante una acción parecida a un harakiri en la que atraviesa no su vientre sino su vagina. Una emoción insólita, una atracción, un deseo confuso hizo que sus rodillas temblaran, sintió el cosquilleo de un viento lacerante que subía por sus piernas recordándole que no tenía bragas, que bajo la falda su sexo tibio aguardaba, expuesto.
–Es sólo trabajo –le había dicho Julián, un compañero de la universidad, cuando ella le pidió que la vinculara al oficio. Entre risas le explicó qué hacía una prepago y cuánto dinero podría ganar. Le entregó el celular que ahora llevaba en la mano, nuevecito, y le dijo que estuviera pendiente del primer llamado.
Los ojos del portero del bar la recorrieron, resbalosos, burlones, con la expresión de un negociante mañoso que se pasea por una feria. Por un instante dudó pero la certidumbre de que su papá se irritaría mucho si franqueaba el umbral de aquella puerta, la animó a seguir adelante. En su recuerdo lo odió otra vez por el descuido, por el abandono… Se rió de sí misma pues él en ese mismo instante quizá ya estaría muerto, o rendido a su propia noche como para ocuparse de ella.
Bajó despacio hacia el sótano en donde funcionaba el salón de baile y se dejó impregnar por el ambiente cargado de perfumes adversos, de pieles sudorosas y de música. Miró los cuerpos moviéndose en círculos, rescribiendo en su sangre un alfabeto de una era anterior al hombre; cerró los ojos y se entregó a aquel ritmo y sintió que mil pupilas vitrificadas recorrían su cuerpo. Sintió que algo viscoso rozaba sus labios y abrió los ojos pero nadie ni nada parecía haberse dado cuenta de que ella estaba allí. Caminó sin prisa hacia el baño de mujeres, moviéndose entre las mesas como quien atraviesa descalzo un río saltando de piedra en piedra con la emoción contenida de un posible resbalón. Para evitar la sensación de descontento que se iba imponiendo en su ánimo, fingió, para sí misma, un interés extraordinario por lo que estaba haciendo y con sinceridad anheló que se renovara el cosquilleo en medio de sus piernas, el deseo ávido, el apasionado deseo por una súbita y honda emoción que no sentía. Atenazada por los escrúpulos quiso retroceder pero la masa de cuerpos danzantes la empujó a su destino.
Nada había en aquel espacio que fuera acariciador, bello, o luminoso, y sin embargo sintió una sosegada alegría exenta de todo temor, sólo comparable a algunos recuerdos de su infancia, con su padre y la melliza en la casa de los girasoles.
De improviso vio que su imagen desaparecía de los muros pues alguien había apagado la luz. Escuchó que una llave certera entraba en la chapa del baño y ponía doble seguro. Sintió en su oreja el aliento alcohólico del recién llegado, su respiración jadeante recorriendo su nuca, bajando por su espalda, girando hacia sus senos, tasando la robustez de sus pezones, olisqueando su ombligo, demorándose en su entrepierna como si midiera la temperatura de su pubis y la firmeza de sus muslos, deteniéndose con precaución en sus nalgas como para calcular su profundidad, su estrechez... Hoy es viernes de palabritas nocturnas en la oreja, habían dicho sus compañeras de la universidad. Sintió que una barba áspera se restregaba contra sus mejillas y un vaho a tabaco le cayó sobre el rostro. Sintió que aquella sombra informe la tomaba con fuerza por el cabello y la obligaba a hincarse, a chupar un miembro escuálido que luchaba por tener una erección. No se sorprendió, pues todo aquello le había sido indicado en la llamada. Pensó, sin embargo, que habría sido mejor si hubiese tomado otra de las pepas azules. Apenas esa verga olorosa a lavanda se puso dura, escuchó una voz agitada pidiéndole que se pusiera en cuatro patas, como una perra, sintió que la penetraba por detrás, que le pegaba palmadas en las nalgas mientras la llamaba mi putica rica y antes de que se acomodara para resistir el dolor, sintió en su entraña una secreción babosa que, por lo que pudo establecer, correspondía al orgasmo del hombre.
Todo había durado menos de cinco minutos y ahora estaba otra vez sola, la luz había retornado y su imagen de colegiala la miraba nuevamente desde todas las latitudes del baño, multiplicándose, sin misericordia, igual que el cosquilleo en su vagina. Tomó los billetes que el hombre había dejado sobre el lavabo y salió. Ya en la barra pidió una bebida energizante. Bebió, se tomó otra pepita azulosa y dejó que la estridencia del ambiente la envolviera. Cerró los ojos y pensó en la universidad, en su papá… en que él jamás se enteraría de lo que acababa de hacer. Idiota, dijo, y no supo si se refería a él o a ella misma. Pensó en la casa de los girasoles, en el olor de la oscuridad... Abrió los ojos y al otro lado de la barra vio a un hombre viejo, barbado, que fumaba y sonreía enseñando con insolencia una dentadura amarillenta, devastada por la dejadez y por el paso del tiempo. Miró hacia la derecha y vio el rostro de otro viejo muy parecido al anterior que también la miraba y le sonreía. Miró hacia la izquierda y ahí estaba un gordo, no tan viejo como los otros pero más desagradable, todos con sendos celulares en sus manos.
Se levantó dispuesta a marcharse de allí pero alguien la tomó por la espalda y la estrechó con suavidad. Era Julián.
–Bienvenida Nena –le dijo, la tomó de la mano y la condujo al fondo del bar.
En ese instante su celular, el nuevecito, sonó con insistencia.
De: Flores artificiales /Nigth Club y otros cuentos
© Carlos Castillo Quintero


















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