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junio 20, 2016



Día cuarentaidós
(La bella Villa)
Contar lo que pasó, de eso se trata:
Aquella noche el mar se inundó de silencio, de sangre y de piernas derrotadas.
Las iniciales del verdugo amanecieron en el muro. Todos leyeron pero nadie recordó después.
Nadie dijo nada.
Durante toda la noche un jardín sin ojos de mujer giró en torno a la fuente de la plaza.
(Una minifalda beige cayó al vacío)
Y,
En la memoria del empedrado
Se vio al cadáver de un niño jugando con el cangrejo del alba.

* * *
Del libro inédito: "Noches con cerrojo - Fragmentos del Diario de Walter Gripp"

abril 01, 2016

DALILA DREAMING

Por: Fernando Linero Montes

Según el Diccionario de literatura española de la Revista de Occidente el cuento, considerado como género, "es una de las manifestaciones en que más difícil resulta lograr la virtud de la perfección, ya que su técnica exige del autor una capacidad de síntesis combinada con una serie de calidades estéticas que dejan en el ánimo del lector la impresión de que el relato cumple una verdadera misión artística". Sin sentir que estoy exagerando, es precisamente eso lo que encuentro en la obra de Carlos Castillo Quintero y es lo que me lleva a expresarme acerca de lo deliberadamente literaria que resulta su factura.
Con una capacidad de introducirnos en esas pequeñas minucias que finalmente pertenecen a la composición simple y compleja de la naturaleza del hombre; con un ojo afilado que disecciona cada detalle (capacidad propia de los grandes narradores), Carlos Castillo nos muestra al ser atrapado en el espejo de la realidad, enquistado en la mecánica de lo cotidiano, llevando a cuestas con mucha resignación el inevitable desasosiego que da saber que el tiempo pasa y que es implacable, rasgos propios de la literatura actual.
Dalila Dreaming es un libro que se enmarca dentro en lo que podríamos llamar el cuento contemporáneo, ese que inicia con Poe y que se caracteriza por su brevedad y su voluntad de estilo. Son cuentos armados con dos o tres instantáneas, que reinventan la técnica, como corresponde a un autor verdadero; y nos muestran a la locura como una instancia que aguarda agazapada. Cuentos donde nos encontramos hombres que lloran sumidos en los reflejos indolentes de la ciudad; hombres solos acodados en la barra de la vida, suspendidos en el cálido hálito de la ebriedad, agobiados por la existencia y así arrastrados al mismo suicidio; cuentos que pertenecen a una misma saga y que como las imágenes en un cuarto de espejos nos muestran la policromía de la realidad, llena de euforia pero también de mucha tristeza; cuentos donde es factible que cualquier día nos encontremos inadvertidamente con un barco encallado en plena ciudad “varado en el crepúsculo, ajeno al barullo que se forma a su alrededor, como si la pátina de sal y algas de su lomo le permitiera viajar sin necesidad de estar en el agua”.
Son cuentos que nos confirman que la existencia es un agujero negro en donde no obstante es posible escuchar música en el cielo.
* * *





Dalila Dreaming
Carlos Castillo Quintero
Editorial 531
2015

enero 05, 2016

Pablo Montoya Campuzano - © Random House

Prólogo

Conocí a Carlos Castillo Quintero en 1986. No recuerdo bien si fue durante el día, en un pasillo de la UPTC donde él hacía estudios de Economía; o en alguna taberna, en la fría noche tunjana. Éramos entonces muy jóvenes y nos empujaba un mismo interés: la literatura. De entrada, Carlos me suscitó una sensación paradójica: era talentoso y altivo. Recuerdo que siempre se presentaba, teniendo diecinueve o veinte años, como escritor, y yo sonreía un poco incómodo ante su prematuro arrojo. Después lo supe con claridad: la supuesta jactancia no era más que una de las formas de su convicción literaria que, hasta el día de hoy, ha permanecido inalterable.

Poco después decidimos, en medio de una precariedad proverbial, fundar una revista que llamamos “Rapsoda”. Allí, en sus cuatro números, publicamos nuestros primeros cuentos, ensayos y poemas. Por ello, solemos decir, él y yo, que nuestra carrera literaria inició en Tunja y con esa revista. Por supuesto, ella y los cuentos que allí publicó Carlos Castillo me han rondado la cabeza durante mi lectura de los doce cuentos de Dalila Dreaming.

La madurez y el oficio narrativo que despliegan estos cuentos, nueve de ellos premiados en concursos nacionales, tienen su raíz en lo que muy pronto Carlos Castillo consideró su mundo. Un relieve atravesado por el desamor y el fracaso. Unas coyunturas urbanas, marginales y escépticas. Y, a su vez, un ámbito formal que se construye desde una escritura de frases cortas y poéticas. De hecho, estos cuentos, casi todos breves y contundentes, no vacilan en darle espacio a descripciones de gran densidad poética.



Leer los cuentos de Dalila Dreaming es entrar a un universo nocturno donde se oye la voz de sus adoloridos personajes. Hay una ciudad que los cobija o los despoja que casi siempre es Bogotá. Hay también una ansiosa búsqueda de un amor fundado en un placer de extravío. Las referencias a una cierta cultura pop, nombrada especialmente desde el rock, le dan a estos textos una atmósfera delirante y psicodélica. Por momentos, sobre todo al inicio del libro, se presentan ciertas tonalidades que remiten al Cepeda Samudio de Todos estábamos a la espera. Luego, esos ecos desaparecen y se oyen, en los cuentos que siguen, los de Chaparro Madiedo y Roberto Bolaño.

A terminar estos cuentos, y tratando de hacer un ejercicio de memoria, concluyo que, en realidad, conocí a Carlos Castillo Quintero una noche. Y que hablamos sobre lo que era escribir un cuento y sobre los autores que íbamos descubriendo y amando, en muchas de esas noches de Tunja que compartimos. Fríos y desolados seres que calentábamos con el fuego de nuestra pasión por la escritura. Y sigo pensando, creo que ya lo hacía desde entonces, que la materia esencial de Carlos Castillo solo pertenece al dominio de la oscuridad y el desgarramiento. 

Pablo Montoya,

Envigado, octubre de 2015
    
 * * *

agosto 01, 2015


FUENTE: Taringa
Pájaro azul

Pájaro azul - Charles Bukowski 

Hay un pájaro azul en mi corazón que 
quiere salir 
pero soy duro con él, 
le digo quédate ahí dentro, no voy 
a permitir que nadie 
te vea. 

hay un pájaro azul en mi corazón que 

quiere salir 

pero yo le echo whisky encima y me trago 
el humo de los cigarrillos, 
y las putas y los camareros 
y los dependientes de ultramarinos 
nunca se dan cuenta 
de que esté ahí dentro. 



hay un pájaro azul en mi corazón que 

quiere salir 

pero soy duro con él, 
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres 
hacerme un lío? 
¿es que quieres 
mis obras? 
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros 
en Europa? 



hay un pájaro azul en mi corazón 

que quiere salir 

pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir 
a veces por la noche 
cuando todo el mundo duerme. 
le digo ya sé que estás ahí, 
no te pongas 
triste. 



luego lo vuelvo a introducir, 

y él canta un poquito 

ahí dentro, no le he dejado 
morir del todo 
y dormimos juntos 
así 
con nuestro 
pacto secreto 
y es tan tierno como 
para hacer llorar 
a un hombre, pero yo no 
lloro, 
¿lloras tú?

Versión de Rafael Díaz Borbón






link: http://www.youtube.com/watch?v=1lV31gJRsLY 


Literatura


Charles Bukowski, bautizado como Heinrich Karl Bukowski (Andernach; 16 de agosto de 1920 - Los Ángeles; 9 de marzo de 1994), fue un escritor y poeta estadounidense nacido en Alemania.


* * *
FUENTE: Taringa

julio 24, 2015


*  *  *

Del libro inédito “Noches con cerrojo – Fragmentos del Diario de W.G.”

Día uno

El zepelín cruzó la niebla. Miré hacia abajo y el cielo se había ido.
Rashomon aguardaba: dejé los cadáveres junto a los otros y me dispuse a regresar.
Antes, vi a una mujer blanca. Estaba desnuda confundida con los cuerpos. No tenía cabellera, ni dientes.
Con voz ronca pronunció: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
No entendí. Es decir, escuché la frase pero no supe qué significaba.
Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche, repitió la vieja y soltó una carcajada. Su risa invadió todo.
El zepelín intentó remontar el vuelo, pero aquella risa no lo dejó.
C
a
í
Me arrastré hasta la escalera y busqué una luz para encarar la sombra. Cansado, me recosté contra un muro oloroso a excremento.
Un sopor me invadió. Antes de entregarme al sueño sentí que un animal ancestral se arrimaba contra mi pecho. Sentí su aliento enfermo.
Escuché que decía: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche...
Después otra vez la carcajada.


Día tres

En la entrada se presentía el primer escalón.
Comencé a descender y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Comprobé que la escalera parecía una escultura sin sentido, el producto inenarrable de una mente enferma.
Seguí bajando por aquella pesadilla. Escher en su tumba encendió un zippo, y sonrió.
Al final, como era de suponer, no había nada, apenas un negro profundo.
Me acurruqué y me puse a llorar. No como un niño, sino como un hombre que ve el horizonte ahogado en sus ojos.
Estuve así durante horas…
Cuando levanté el rostro noté que no era yo quien lloraba.
Ahí, al otro extremo de la sombra, estaba ella: bonita y triste, apenas cumplida su mayoría de edad ―acurrucada― llorando como una niña y con el horizonte sitiándole los ojos.
Me miró. La miré. Y juntos miramos hacia arriba, buscando la escalera: no estaba, o no la vimos, o, quizá, Maurits Cornelis Escher la estaba usando en ese momento.
Entonces, lloré de verdad.


Día siete

Declaración del Capitán John Black:
Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.
Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.
Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.
¿Quién más podría ser?
Todavía conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.
Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.
Mi casa es un montículo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.
He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.
(Una anciana escupe sobre mi nombre)
Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.
Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.
No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.
Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.


Día trece

Al principio pensé que la ciudad estaba deshabitada, pero quedaban ellos.
Sobre los techos de las casas más altas y en las azoteas de los edificios, con mantas atrapaban la niebla y se la comían.
Recordé las calles de mi niñez, las fiestas, los carritos de algodón en las esquinas.
Aquella gente comía niebla como yo comía algodón de azúcar cuando pequeño: atragantados.
Los más hábiles en la medida en que comían se iban trasparentando, hasta desaparecer.
Los torpes comían las sobras que bajaban por las acequias, y a pesar de que apenas se alimentaban ya casi eran del color del aire.
Entre esa multitud traslúcida creí ver un rostro conocido. Una mujer de antes. Unos labios…
Sentí hambre. Me olvidé de buscar el zepelín, y armado de una varilla que hallé abandonada, fui por lo mío: tragué niebla hasta que mis manos desaparecieron.

Día catorce

El anciano corría por el parque.
De vez en cuando de su boca emergía un vaho macilento.
Llevaba audífonos y un mp4 al cinto. Cada vuelta ―unos 200 metros― le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
La vieja tejía ―en crochet― un saco de lana para su nieto. Sentada a la entrada del Edificio Consistorial dejaba que el vacío de sus ojos siguiera los abandonados caminos del parque.
Tejía de memoria y antes de terminar destejía lo hecho. Esa labor le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
El zepelín avanzó y en mis ojos cargué con aquellos viejos, y con sus crepúsculos.


Día diecisiete

Ahora que las madres copulan con los fantasmas de sus amorosos despojos.
(Colmena de condenados que asedian los extramuros de la ciudad)
Ahora que huyen ―mudas― con la negada embriaguez de un crimen del que no fueron capaces.
En este instante en el que los sapos adoran a Harry Houdini, con la seguridad de que estarán aquí mañana.
Ahora que es un nuevo día sobre la tierra para que aquellas desesperadas cautiven a los marinos.
En esta hora ciega, anudada con pañuelos negros.
Cuando ya no queda ni la perspectiva de un combate, y el deseo es apenas un muñeco de cuerda, va mi canción fallida:
Dime, ¿qué poema te gustaría escuchar hoy?
Recuerda que los Hathaway  «…noche a noche, sin falta, sin ningún motivo, salen de su casa y miran el cielo».


Día cuarentaiséis

Sé que el cielo se confunde.
(En mi vida, como en este Diario, hay días que no existen)
Antes de la última luz deseo tu garganta. La cruz de tus senos.
Sé que huyo de la máquina que me ayuda a respirar, y que no siempre recuerdo lo soñado, lástima.
Estoy entumecido y cansado. Han ocurrido demasiadas cosas: han pasado cuarenta y ocho horas sin que me preocupe por la primavera.
No quiero el filo hambriento de mi navaja.
No quiero mi nombre en la lista de los que se quedaron mirando la noche, y después no encontraron el camino de regreso.
No quiero quedarme dormido, y que este desierto sea tu mortaja.


* * *

Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

marzo 07, 2015

Claudia R. Niño - "Tributo" - Óleo sobre lienzo, 2008

No olvida la palabra al que muere en el mar
o se abandona 
a la tormenta que sabe que viene,
al que camina en la tiniebla o sobre las aguas
y escribe un único poema de arena
que borra con su pie.
No olvida, pero se pudre
como el agua quieta en una artesa 
(o la sonrisa del muerto)
si no fluye
si no se pronuncia 
si no se escribe...

¡Ah! de la lengua herida que se resiste
a develar el nombre
de uno que merece la horca, 
la cárcel,
o por lo menos el desprecio
de su hija que vive lejos
y tiene un hogar
y recoge cerezas silvestres
y lo odia (en la noche lo odia)
y siente miedo.

¿Y qué del poseído 
que desde el púlpito niega la canción de amor
que aprendió durante el último verano?

¡Ah! del tiempo que enmudece
en la falda de la adolescente
y roza sus muslos
mientras ella se arregla las uñas
ajena
a su madre que la mira desde el balcón
y aguarda a que su niña le cuente
o la brisa
o aquellos opulentos senos (¿envidia?)
le digan que su niña, ya no es su niña,
que ya conoce la mano de un hombre
la fuerza
el veneno en sus labios 
(en su cintura)
la simiente en su entraña,
y el deseo de no ser sino en otro
del que apenas conoce el nombre.

¿Y qué del solitario que no sabe 
cómo pedirle a la dama nocturna 
que detenga la guadaña de su entrepierna, 
o lo asesine?

No olvida la palabra, pero se olvida...

Se olvida el alfabeto de grillo
que escribe la lluvia sobre el asfalto.
El rezo del que no mueve los labios
porque no sabe ninguna oración.
El grito del niño en el útero
(su letanía) para que su mamá no llore, no maldiga,
no lo mate.
Se olvida la palabra,
se abandona en su cárcel
el signo cae, se amontona, inútil,
inútil el verso
si no sirve para decir tu nombre.

Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

agosto 28, 2014

Femme enfilant son bas (1894)
Henri de Toulouse-Lautrec

¿Se puede escuchar música en el cielo?
Carlos Castillo Quintero
1
El barco estaba sobre el separador de la autopista, con el casco oxidado y la hélice carcomida por la herrumbre, ahí, al final de la tarde, encallado bajo el puente de la estación Toberín, sin que nadie reparara en él, excepto Anamilé.
No era muy grande, claro, pero ella pensó que una persona —una pareja, inclusive— podría vivir allí, en esa estructura de hierro y madera que conservaba todavía algo de la pintura amarilla de otros tiempos. WAR IS OVER, se podía leer en uno de sus costados.
Anamilé llevaba ya cerca de quince minutos recargada contra la baranda del puente de la estación, tomándole fotos con la cámara de su celular. ¿De dónde habría salido? ¿Por qué nadie lo retiraba de allí? Miró la hora: 6:20, pensó que debería irse, porque ya se le estaba haciendo tarde.
Desde que al director se le había dado por filmar en la noche, ella estaba cada vez más agotada. Sentía que ese trabajo, en últimas, había resultado más pesado que sus jornadas en el Excalibur. Pero no sería por mucho tiempo, dos o tres películas más y reuniría el dinero suficiente para irse a vivir a Cartagena, y montar la boutique.
Tuvo la intención de bajar y entrar al barco, pero la policía de tránsito ya había llegado y estaban acordonando el lugar. El WAR IS OVER permanecía varado en el crepúsculo, ajeno al barullo que se estaba formando a su alrededor, como si la pátina de sal y algas de su lomo le permitiera viajar sin necesidad de estar en el agua.
El nombre del barco hizo que Anamilé recordara a su papá. En un instante retornó a su infancia, allá, en la casa de la Colina. Recordó a Joanna, su hermana melliza, al camarote en el que durmieron hasta la adolescencia; y a él, tarareando I don’t wanna face it, de John Lennon, hasta mucho después de que ellas se durmieran. Detrás de la puerta del cuarto, su papá había pegado un afiche de Lennon y Yoko Ono; en la parte de arriba de ese afiche decía: WAR IS OVER y en la de abajo, en letra más pequeña: If you want it.
Miró de nuevo la hora: ahora sí se le había hecho tarde. Además, había comenzado a llover. Era una llovizna rala, suave, como la que a ella le gustaba. Pensó que hacía rato no dormía bien, que quizá sería buena idea irse a la cama ahora mismo, olvidar todo. Quedarse tendida, sola, y flirtear con el ruido del agua. Soñar.
Los sueños hacen parte de la realidad, y muchas veces son más reales que la vigilia —decía su papá, cuando alguna de las dos no quería ir al colegio—: Sigue soñando. Un beso. Una nota disculpando a la perezosa. Todo el amor del mundo. Escuchó esa voz, muy adentro de su cabeza, allá lejos. 
En su cartera buscó el paquete de Marlboro. Prendió uno, y se puso a fumar como si no tuviera prisa, como si esa noche de jueves le perteneciera, y estuviese allí, en ese puente, solamente esperando a unos compañeros de semestre. Irían a un bar del Parque de la 93, a beber cerveza, o mejor unos vodkas, o un Martini para renovar la piel, desde adentro, y devolverle su calidez. Irían a hablar y escuchar música —sin preocupaciones— mientras afuera la noche seguía, con su lluvia. Abandonaría, a su suerte, a esa pequeña embarcación que bajo sus pies continuaba su viaje imaginario llevando un mensaje de paz a Nueva York, Londres, Toronto, París, Roma, Berlín, Atenas, Buenos Aires, Delhi y Tokio. No supo por qué pensó en esas ciudades. Sonaban bien. Entre todas eran el mundo. Un mundo lejano que no conocía. Ella iría a bailar con sus amigos, a ser feliz, a celebrar la juventud. Y a enamorarse, mientras en una terraza, en Liverpool, suena I can't get no satisfaction
Pero antes de que en su cabeza inicie a cantar Mick Jagger, un calambre en la pierna izquierda la obliga a recargarse contra el puente —el trabajo realmente la tenía mal, cansada, y llena de moretones—. El dolor subió por su espalda. En ese momento vibró su celular, timbró, se le soltó de la mano y cayó a la Autopista. Se hizo pedazos, claro. Miró los restos iluminados por los automóviles que pasaban, y pensó que así luciría el cadáver de un suicida mecánico, un marcianito verde biche, como su malogrado aparato. Sonrió. Pensó en las fotografías que había tomado. ¡Lástima! Quien la estaba llamando seguramente era Richard, el director. Sonrió de nuevo y su sonrisa se iluminó, salpicada por la lluvia. Recordar a su papá, en definitiva, le hacía muy bien. Prendió otro Marlboro. El calambre se había ido.


2
«Club de encuentros», así se llama el último film que Anamilé está protagonizando. No tiene libreto. El director, antes de entrar al set, comenta con los actores dos o tres cosas básicas sobre cómo se van a dar las situaciones, luego los deja en completa libertad. La película es en realidad una serie de cortos. La única mujer que trabaja allí es Anamilé, la protagonista, la estrella. Los actores cambian a diario. Son muchos, ella no lleva la cuenta. El Club recibe a uno, dos, tres o más hombres que comparten una fantasía; la mujer los satisface. Cada encuentro es un corto. Anamilé sospecha que sus coprotagonistas no son actores, sino clientes. ¡Qué importa! A nadie le importa. Tiene maltratadas las rodillas. Su boca no da más. Ella no da más. Trabaja diez horas diarias y cada película se filma en una, o máximo en dos semanas. Ésta ya es la cuarta. Las anteriores tres han sido un éxito. Richard ya cambió de carro.
En la calle, Anamilé teme que la reconozcan. Teme en el supermercado, en el gimnasio. Ella teme y le duele todo. Le duele.


3
Empezó a gemir, en sueños. Germán la despertó. Ella le contó lo que había estado soñando:
«Apenas está amaneciendo. Regreso del trabajo, en un bus de Transmilenio que está casi desocupado. Me siento en uno de los puestos de atrás. Más adelante va un jovencito, luce un copete de Alf que me parece chistoso. Voltea a mirar y siento un escalofrío: está pálido, como un muerto; su mirada es inexpresiva. El bus se detiene en la estación de la Calle 100, y se sube una mujer con un bebé de brazos, arropado con un chal negro. Se sienta en la silla al frente mío. En la siguiente estación la mujer se levanta y se va, dejando al bebé abandonado, a punto de caer. Voy y lo tomo entre mis brazos. Al descubrirlo veo que no es un niño, sino un muñeco: Chucky, el asesino, con su pantalón azul, su camiseta a rayas, las tirantas, y esa mirada infernal. Intento soltarlo, pero no puedo. El muñeco sonríe. El muchacho del copete me mira de nuevo, y también sonríe: su dentadura es una costra. Entonces Chucky se levanta, se apoya en mi cinturón y me toma de los hombros, me estruja. Grito. Me despierto y tú me estás mirando. Grito de nuevo».
Anamilé esta temblando. Germán la toma entre sus brazos y le acaricia la cabeza, como a un niño pequeño. Ella se duerme de nuevo, abandonada en los brazos de aquel hombre que apenas conoce.
Es una habitación grande. Al lado hay otra, una sala. No es un lugar lujoso, pero sí mucho mejor a los que ella normalmente va. Germán trabaja en la policía: es piloto, o por lo menos eso le ha dicho. Casi la dobla en edad, pero a Anamilé eso no le interesa, Germán le agrada.
Ésta es la cuarta vez que él la busca, en una ocasión anterior incluso la invitó a su casa, pero ella no quiso. También la ayudó a dejar su trabajo en el Excalibur, y la recomendó con Richard. Le prometió ayuda para montar la boutique.
Anamilé vuelve a soñar:
En el sueño Germán vuela en un helicóptero de dos hélices, poderoso, igual a los de Ávatar. El aparato atraviesa el firmamento, de una isla celeste a otra, roncando. Intempestivamente sufre una avería,  y cae, en mitad de una tupida selva. En el sueño a ella se le figura que aquella es una selva de bonsáis. Ahora Germán no es piloto sino un habitante de la jungla. Está barbado. Ella lo ve correr, semidesnudo, con un cuchillo en la mano, persiguiendo a un animal multicolor parecido a un cerdo. Lo ve triunfante, con un pie sobre la bestezuela que yace entre el pasto, con los ojos vitrificados. Germán se golpea el pecho con los puños, y grita como un loco: Es el grito de victoria de Tarzán el Hombre Mono, dice Germán en el sueño. A ella Tarzán le suena a nombre de perro pekinés.

4
A pesar de que ahora permanece cansada y no le gusta salir, el sábado anterior aceptó la invitación de Germán. Estuvieron en el Centro Comercial Avenida Chile, haciendo compras, fueron a cine. Antes, él le dijo que ella le gustaba mucho, que vivieran juntos. Que si quería le montaba un negocio, aquí, en Bogotá.
Vieron «Una noche en París», la última película de Woody Allen, y desde entonces Anamilé se llenó de melancolía. Le dijo que no, que no era buena idea vivir juntos. Él le pidió que lo pensara. Ella se prometió no verlo nunca más.
El domingo estuvo de mal genio durante todo el día. Se recriminó por haber aceptado aquella invitación, por darle confianza. El lunes, en el trabajo, estuvo nerviosa, distraída y Richard la gritó, fue grosero. El martes también. El miércoles   —ayer— inició a tomar valeriana y a escuchar I can't get no satisfaction, una y otra vez.
Hoy, al despertar, ya pasado el mediodía, buscó el frasco de valeriana. Su mano, torpe, lo dejó caer, y dañó la alfombra. Ahora se le había caído el celular. Pensó, con tristeza, que todo lo suyo tendía hacia abajo. Miró hacia el cielo. Buscó las islas flotantes, la jungla en donde un diminuto Germán cazaba en una selva de bonsáis, pero no vio nada. Pensó que quizá existiría un cielo marciano a donde iría a parar el alma de los celulares, sus fotos, su música…
¿Se puede escuchar música en el cielo?, preguntó, en voz alta, y una señora que pasaba por el puente con dos niños de la mano se quedó mirándola. Anamilé sonrió: la señora lucía una cabellera negra, con un mechón blanco a un lado, igual a Titania, la muchachita de X-MEN que con un beso puede extraerle la vida a la gente.
Los policías hacía rato que se habían llevado al WAR IS OVER, remolcado por un tractor. Sólo le quedaba un Marlboro, y definitivamente ya era muy tarde para ir al trabajo. ¡Qué importa! Se sintió feliz, liberada. Sólo lamentó no tener en qué escuchar música, dónde ver la hora… y por primera vez se dio cuenta de lo mucho que dependía del marcianito verde biche que yacía sobre la Autopista.
Prendió el último cigarrillo y esperó.
En su cabeza Mick Jagger cantó I can't get no satisfaction, pronunció don't play with me because you play with fire como nunca antes, y ella lloró. La lluvia hacía rato había cesado. Anamilé sintió que el tiempo que había permanecido allí, en el puente de la estación de Toberín, esa última hora —o quizá menos— había sido el momento más feliz que había pasado en los últimos años.
Se ubicó sobre la calzada del Transmilenio. Calculó bien. Por última vez miró al cielo. Era una bóveda ciega.
A lo lejos vio una oruga roja que avanzaba, rauda, repleta de gente, y se lanzó. Segundos después apenas era una masa de carne arrollada, una mancha sobre la Autopista que pronto iba a desaparecer, como el marcianito, como el WAR IS OVER. Y nadie sabría que había estado allí.


* * *
Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero
Imágenes:
1. Femme enfilant son bas (1894)
Henri de Toulouse-Lautrec

2. La Blanchisseuse (1884-1888)
Henri de Toulouse-Lautrec

3. Reine de joie (1892)
Henri de Toulouse-Lautrec

4. Suzanne Valadon
Henri de Toulouse-Lautrec

5. Seule (1896)
Henri de Toulouse-Lautrec







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