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noviembre 10, 2016

Poemas de Leonard Cohen

 Photograph: Joel Saget/AFP/Getty Images. Fuente; The Guardian


De "Flores para Hitler", 1964    
(Versiones de Antonio Resines)

* * * 
15.  Has gemido alguna vez debajo de mí,
               Virgen de la Amnesia.
        He olvidado si te rendiste
                              y
déjame ser tu flamante juguete nuevo.
                     Soy el primero
en usar tus grilletes como si fueran
                        pulseras,
    espía y traidor número uno
en los campos del cuarto de la pensión.

* * *
32. Hago esta canción para ti,
Señor del Mundo,
que lo tienes todo,
menos esta canción.

* * *
71. Encerraron a un hombre
que quería dirigir el mundo.
Los muy idiotas
encerraron al que no era.

* * *
111. Cada hombre
tiene una manera de traicionar
a la revolución.
Ésta es la mía.

* * *
Narcissus

No conoces a nadie
Conoces algunas calles
colinas, verjas, restaurantes
Las camareras han cambiado

No me conoces
Yo estoy feliz con el otoño
las hojas las faldas rojas
todo en movimiento

Pasé junto a ti en una pared de mármol
algún nuevo banco
Sangrabas por la boca
Ni siquiera sabías en qué estación estábamos


* * *   * * *   * * *   * * *   * * *

De "Memorias de un mujeriego", 1978
Versiones de Antonio Rasines

* * *
Lentamente me casé con ella...

Lentamente me casé con ella 
Lenta y amargamente me casé con su amor 
Me casé con su cuerpo
     en el aburrimiento y el gozo
Lentamente fui a ella
Lenta y resentidamente llegué a su cama
Fui a su mesa
por hambre y por hábito
     fui a que me dieran de comer
Lentamente me casé con ella
sancionado por nadie
con la bendición de nadie
en nombre de nadie
     en medio de advertencias generalizadas
     en medio de la burla generalizada
Fui a su fragancia
     con las narices distendidas
Fui a su codicia
     con semilla para un niño
Años para la llegada
y años en retirada
     Lentamente me casé con ella
Lentamente me arrodillé
Y ahora estamos heridos
     tan profundamente y tan bien
que nadie puede hacernos daño
excepto la propia Muerte
     Y a través de la totalidad del sueño de la Muerte
Me muevo con sus labios
El sueño es una noche
     pero eterno es el beso
Y lentamente voy a ella
     lentamente nos despojamos
de los ropajes de nuestras dudas 
     y lentamente nos desposamos

* * *
Mi esposa y yo

Mi esposa y yo hicimos el amor esta tarde. 
Nos escondimos juntos de la luz de nuestro deseo, frente contra frente. 
Más tarde me preguntó: ¿Tuve para ti un sabor dulce? Querida compañera así fue.
Esta noche me quedé mirando con placer cómo se desnudaba y se ponía su pijama de franela. La estreché con fuerza hasta 
que se quedó dormida. 

Después cerré la luz y abandoné la habitación cuidadosamente y bajé aquí contigo.

* * *
Tu chica

Ponla en cualquier parte
     apoyada contra una pared
Desnuda sobre tu lecho
     vestida de gala para el baile
Métele algunos pensamientos
     en la cabeza
Ponle algo de dinero
     en las manos
Asegúrate de que puedes hacerla correrse
al menos una segunda vez

Hermano, esa es tu chica

FUENTE: A media voz

LEONARD COHEN. (1934 - 2016). Nació en el seno de una familia judía de ascendencia lituana. Se licenció en literatura en la Universidad McGill de Montreal y poco después publicó su primer libro de poemas “Let Us Compare Mytologies”. Su siguiente poemario “The Spice Box of Earth” le dió cierta celebridad en los círculos poéticos de su país, y más tarde, ya en su estancia en la isla de Hydra, en Grecia, publicará su famoso libro de poemas “Flores para Hitler”. Poco antes había probado fortuna en el mundo de la novela con “The Favourite Game”. A mediados de los años 60, Cohen comienza a ser conocido como cantante en festivales folk y Judy Collins convierte su canción Suzanne en un gran éxito, lo que le lleva a editar su primer álbum, titulado Songs of Leonard Cohen.

Después de varios éxitos discográficos en Estados Unidos -con mayor reconocimiento entre la audiencia europea-, en 1984 saca a la luz “Various Positions”, albúm con ecos espirituales en donde destacaba la celebre Hallelujah. Esta inclinación espiritual del cantautor se acaba culminando en el año 1990 con su ordenación como monje de Budismo Zen, bajo el sobrenombre del “silencioso”. Después de un aislamiento de casi nueve años en el monte Baldy, Cohen decide colgar los hábitos para regresar al mundo de la poesía y la canción.

abril 01, 2016

DALILA DREAMING

Por: Fernando Linero Montes

Según el Diccionario de literatura española de la Revista de Occidente el cuento, considerado como género, "es una de las manifestaciones en que más difícil resulta lograr la virtud de la perfección, ya que su técnica exige del autor una capacidad de síntesis combinada con una serie de calidades estéticas que dejan en el ánimo del lector la impresión de que el relato cumple una verdadera misión artística". Sin sentir que estoy exagerando, es precisamente eso lo que encuentro en la obra de Carlos Castillo Quintero y es lo que me lleva a expresarme acerca de lo deliberadamente literaria que resulta su factura.
Con una capacidad de introducirnos en esas pequeñas minucias que finalmente pertenecen a la composición simple y compleja de la naturaleza del hombre; con un ojo afilado que disecciona cada detalle (capacidad propia de los grandes narradores), Carlos Castillo nos muestra al ser atrapado en el espejo de la realidad, enquistado en la mecánica de lo cotidiano, llevando a cuestas con mucha resignación el inevitable desasosiego que da saber que el tiempo pasa y que es implacable, rasgos propios de la literatura actual.
Dalila Dreaming es un libro que se enmarca dentro en lo que podríamos llamar el cuento contemporáneo, ese que inicia con Poe y que se caracteriza por su brevedad y su voluntad de estilo. Son cuentos armados con dos o tres instantáneas, que reinventan la técnica, como corresponde a un autor verdadero; y nos muestran a la locura como una instancia que aguarda agazapada. Cuentos donde nos encontramos hombres que lloran sumidos en los reflejos indolentes de la ciudad; hombres solos acodados en la barra de la vida, suspendidos en el cálido hálito de la ebriedad, agobiados por la existencia y así arrastrados al mismo suicidio; cuentos que pertenecen a una misma saga y que como las imágenes en un cuarto de espejos nos muestran la policromía de la realidad, llena de euforia pero también de mucha tristeza; cuentos donde es factible que cualquier día nos encontremos inadvertidamente con un barco encallado en plena ciudad “varado en el crepúsculo, ajeno al barullo que se forma a su alrededor, como si la pátina de sal y algas de su lomo le permitiera viajar sin necesidad de estar en el agua”.
Son cuentos que nos confirman que la existencia es un agujero negro en donde no obstante es posible escuchar música en el cielo.
* * *





Dalila Dreaming
Carlos Castillo Quintero
Editorial 531
2015

enero 05, 2016

Pablo Montoya Campuzano - © Random House

Prólogo

Conocí a Carlos Castillo Quintero en 1986. No recuerdo bien si fue durante el día, en un pasillo de la UPTC donde él hacía estudios de Economía; o en alguna taberna, en la fría noche tunjana. Éramos entonces muy jóvenes y nos empujaba un mismo interés: la literatura. De entrada, Carlos me suscitó una sensación paradójica: era talentoso y altivo. Recuerdo que siempre se presentaba, teniendo diecinueve o veinte años, como escritor, y yo sonreía un poco incómodo ante su prematuro arrojo. Después lo supe con claridad: la supuesta jactancia no era más que una de las formas de su convicción literaria que, hasta el día de hoy, ha permanecido inalterable.

Poco después decidimos, en medio de una precariedad proverbial, fundar una revista que llamamos “Rapsoda”. Allí, en sus cuatro números, publicamos nuestros primeros cuentos, ensayos y poemas. Por ello, solemos decir, él y yo, que nuestra carrera literaria inició en Tunja y con esa revista. Por supuesto, ella y los cuentos que allí publicó Carlos Castillo me han rondado la cabeza durante mi lectura de los doce cuentos de Dalila Dreaming.

La madurez y el oficio narrativo que despliegan estos cuentos, nueve de ellos premiados en concursos nacionales, tienen su raíz en lo que muy pronto Carlos Castillo consideró su mundo. Un relieve atravesado por el desamor y el fracaso. Unas coyunturas urbanas, marginales y escépticas. Y, a su vez, un ámbito formal que se construye desde una escritura de frases cortas y poéticas. De hecho, estos cuentos, casi todos breves y contundentes, no vacilan en darle espacio a descripciones de gran densidad poética.



Leer los cuentos de Dalila Dreaming es entrar a un universo nocturno donde se oye la voz de sus adoloridos personajes. Hay una ciudad que los cobija o los despoja que casi siempre es Bogotá. Hay también una ansiosa búsqueda de un amor fundado en un placer de extravío. Las referencias a una cierta cultura pop, nombrada especialmente desde el rock, le dan a estos textos una atmósfera delirante y psicodélica. Por momentos, sobre todo al inicio del libro, se presentan ciertas tonalidades que remiten al Cepeda Samudio de Todos estábamos a la espera. Luego, esos ecos desaparecen y se oyen, en los cuentos que siguen, los de Chaparro Madiedo y Roberto Bolaño.

A terminar estos cuentos, y tratando de hacer un ejercicio de memoria, concluyo que, en realidad, conocí a Carlos Castillo Quintero una noche. Y que hablamos sobre lo que era escribir un cuento y sobre los autores que íbamos descubriendo y amando, en muchas de esas noches de Tunja que compartimos. Fríos y desolados seres que calentábamos con el fuego de nuestra pasión por la escritura. Y sigo pensando, creo que ya lo hacía desde entonces, que la materia esencial de Carlos Castillo solo pertenece al dominio de la oscuridad y el desgarramiento. 

Pablo Montoya,

Envigado, octubre de 2015
    
 * * *

agosto 01, 2015


FUENTE: Taringa
Pájaro azul

Pájaro azul - Charles Bukowski 

Hay un pájaro azul en mi corazón que 
quiere salir 
pero soy duro con él, 
le digo quédate ahí dentro, no voy 
a permitir que nadie 
te vea. 

hay un pájaro azul en mi corazón que 

quiere salir 

pero yo le echo whisky encima y me trago 
el humo de los cigarrillos, 
y las putas y los camareros 
y los dependientes de ultramarinos 
nunca se dan cuenta 
de que esté ahí dentro. 



hay un pájaro azul en mi corazón que 

quiere salir 

pero soy duro con él, 
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres 
hacerme un lío? 
¿es que quieres 
mis obras? 
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros 
en Europa? 



hay un pájaro azul en mi corazón 

que quiere salir 

pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir 
a veces por la noche 
cuando todo el mundo duerme. 
le digo ya sé que estás ahí, 
no te pongas 
triste. 



luego lo vuelvo a introducir, 

y él canta un poquito 

ahí dentro, no le he dejado 
morir del todo 
y dormimos juntos 
así 
con nuestro 
pacto secreto 
y es tan tierno como 
para hacer llorar 
a un hombre, pero yo no 
lloro, 
¿lloras tú?

Versión de Rafael Díaz Borbón






link: http://www.youtube.com/watch?v=1lV31gJRsLY 


Literatura


Charles Bukowski, bautizado como Heinrich Karl Bukowski (Andernach; 16 de agosto de 1920 - Los Ángeles; 9 de marzo de 1994), fue un escritor y poeta estadounidense nacido en Alemania.


* * *
FUENTE: Taringa

julio 24, 2015


*  *  *

Del libro inédito “Noches con cerrojo – Fragmentos del Diario de W.G.”

Día uno

El zepelín cruzó la niebla. Miré hacia abajo y el cielo se había ido.
Rashomon aguardaba: dejé los cadáveres junto a los otros y me dispuse a regresar.
Antes, vi a una mujer blanca. Estaba desnuda confundida con los cuerpos. No tenía cabellera, ni dientes.
Con voz ronca pronunció: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
No entendí. Es decir, escuché la frase pero no supe qué significaba.
Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche, repitió la vieja y soltó una carcajada. Su risa invadió todo.
El zepelín intentó remontar el vuelo, pero aquella risa no lo dejó.
C
a
í
Me arrastré hasta la escalera y busqué una luz para encarar la sombra. Cansado, me recosté contra un muro oloroso a excremento.
Un sopor me invadió. Antes de entregarme al sueño sentí que un animal ancestral se arrimaba contra mi pecho. Sentí su aliento enfermo.
Escuché que decía: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche...
Después otra vez la carcajada.


Día tres

En la entrada se presentía el primer escalón.
Comencé a descender y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Comprobé que la escalera parecía una escultura sin sentido, el producto inenarrable de una mente enferma.
Seguí bajando por aquella pesadilla. Escher en su tumba encendió un zippo, y sonrió.
Al final, como era de suponer, no había nada, apenas un negro profundo.
Me acurruqué y me puse a llorar. No como un niño, sino como un hombre que ve el horizonte ahogado en sus ojos.
Estuve así durante horas…
Cuando levanté el rostro noté que no era yo quien lloraba.
Ahí, al otro extremo de la sombra, estaba ella: bonita y triste, apenas cumplida su mayoría de edad ―acurrucada― llorando como una niña y con el horizonte sitiándole los ojos.
Me miró. La miré. Y juntos miramos hacia arriba, buscando la escalera: no estaba, o no la vimos, o, quizá, Maurits Cornelis Escher la estaba usando en ese momento.
Entonces, lloré de verdad.


Día siete

Declaración del Capitán John Black:
Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.
Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.
Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.
¿Quién más podría ser?
Todavía conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.
Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.
Mi casa es un montículo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.
He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.
(Una anciana escupe sobre mi nombre)
Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.
Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.
No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.
Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.


Día trece

Al principio pensé que la ciudad estaba deshabitada, pero quedaban ellos.
Sobre los techos de las casas más altas y en las azoteas de los edificios, con mantas atrapaban la niebla y se la comían.
Recordé las calles de mi niñez, las fiestas, los carritos de algodón en las esquinas.
Aquella gente comía niebla como yo comía algodón de azúcar cuando pequeño: atragantados.
Los más hábiles en la medida en que comían se iban trasparentando, hasta desaparecer.
Los torpes comían las sobras que bajaban por las acequias, y a pesar de que apenas se alimentaban ya casi eran del color del aire.
Entre esa multitud traslúcida creí ver un rostro conocido. Una mujer de antes. Unos labios…
Sentí hambre. Me olvidé de buscar el zepelín, y armado de una varilla que hallé abandonada, fui por lo mío: tragué niebla hasta que mis manos desaparecieron.

Día catorce

El anciano corría por el parque.
De vez en cuando de su boca emergía un vaho macilento.
Llevaba audífonos y un mp4 al cinto. Cada vuelta ―unos 200 metros― le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
La vieja tejía ―en crochet― un saco de lana para su nieto. Sentada a la entrada del Edificio Consistorial dejaba que el vacío de sus ojos siguiera los abandonados caminos del parque.
Tejía de memoria y antes de terminar destejía lo hecho. Esa labor le tomaba cerca de doce horas, así que se enfrentaba al crepúsculo de la mañana y al de la tarde. En esos momentos, sonreía.
Su dentadura era blanca y brillante y no era una prótesis. ¿Por qué?
El zepelín avanzó y en mis ojos cargué con aquellos viejos, y con sus crepúsculos.


Día diecisiete

Ahora que las madres copulan con los fantasmas de sus amorosos despojos.
(Colmena de condenados que asedian los extramuros de la ciudad)
Ahora que huyen ―mudas― con la negada embriaguez de un crimen del que no fueron capaces.
En este instante en el que los sapos adoran a Harry Houdini, con la seguridad de que estarán aquí mañana.
Ahora que es un nuevo día sobre la tierra para que aquellas desesperadas cautiven a los marinos.
En esta hora ciega, anudada con pañuelos negros.
Cuando ya no queda ni la perspectiva de un combate, y el deseo es apenas un muñeco de cuerda, va mi canción fallida:
Dime, ¿qué poema te gustaría escuchar hoy?
Recuerda que los Hathaway  «…noche a noche, sin falta, sin ningún motivo, salen de su casa y miran el cielo».


Día cuarentaiséis

Sé que el cielo se confunde.
(En mi vida, como en este Diario, hay días que no existen)
Antes de la última luz deseo tu garganta. La cruz de tus senos.
Sé que huyo de la máquina que me ayuda a respirar, y que no siempre recuerdo lo soñado, lástima.
Estoy entumecido y cansado. Han ocurrido demasiadas cosas: han pasado cuarenta y ocho horas sin que me preocupe por la primavera.
No quiero el filo hambriento de mi navaja.
No quiero mi nombre en la lista de los que se quedaron mirando la noche, y después no encontraron el camino de regreso.
No quiero quedarme dormido, y que este desierto sea tu mortaja.


* * *

Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero

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