Iniciación

>> febrero 01, 2010

Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938) – “Artilleros”, 1915

I

La Nena sale temprano del apartamento, un poco pálida pero bonita, a pesar de que su cabellera verde no le combina con el atuendo de colegiala. Respondiendo a la llamada que ha recibido en su celular va, distante, con una sonrisa en sus labios, como una pequeña barca abandonada en la arena.

Vive en el penthouse de uno de los edificios del norte ocupados en su mayoría por ex deportistas ahora mezclados con el mundo de la farándula, diplomáticos, actores y otras gentes de las que es mejor no saber mucho, todos de variable fortuna y muy alegres, pues siempre hay fiesta en alguno de los trece pisos.
En el ascensor sin motivo alguno La Nena recuerda, diáfanos, los rostros de sus compañeras del internado… ¿Por qué lo llamarán ascensor si también sirve para bajar?, dice, al llegar al primer piso pero nadie la escucha. Su sonrisa ahora parece alegre.

En la calle un ventarrón arrastra personas como hojas sueltas de cuaderno y las mete en los autobuses como quien pone artículos en un carrito de supermercado. Al mezclarse con los transeúntes siente, por un momento, que hace parte de un animal enorme que serpentea por el andén con miles de ojos, patas, senos, brazos, sexos y miles de pensamientos que no lo dejan recordar quién es, a qué especie pertenece o si ya está extinguido. Mira su reloj y comprueba que aún le queda tiempo.

Desde la fachada de un cinema Pierce Brosnan la mira, sonriente, y La Nena respondiendo a un reflejo de su cuerpo se detiene y se queda mirándolo: ya está viejo pero las canas le lucen. Los que hacen fila para entrar a cine parecen felices y ella ahora lo está también: feliz de que Pierce Brosnan la haya mirado, de sentirse un poco niña, inocente, y de hacer parte de ese asfáltico animal que se arrastra por toda la ciudad. Apaga el celular y decide entrar a cine. Sonríe, su sonrisa recuerda el gesto tatuado en el rostro de un payaso de carnaval.

Por favor, no te burles de mí: soy un viejo necio y tonto, de más de ochenta años, ni una hora más ni menos, y, para hablar con franqueza, me temo que no estoy en mis cabales... No te rías de mí, pues, como que soy hombre, creo que esta dama es mi hija Cordelia… y quien habla es una mujer negra, la protagonista de la película, que en su cuarto repite monólogos en desorden, patética, buscando un cigarrillo, riendo, hablando con un pequeño búho y, sobre todo, hablando por teléfono: a la tienda para pedir cigarros, a la policía para protestar porque los de la tienda se han negado a hacerle un domicilio, a una amiga para lamentarse porque la policía no atiende su llamado, a su ex amante que tenía la mala costumbre de fumarse sus cigarrillos y de llevarse los de reserva, otra vez a la amiga, a un sacerdote para confesarle momentos inconfesables pasados con su ex, a los bomberos a ver si pueden darle fuego pues ha encontrado debajo de la cama una colilla aprovechable, otra vez a la policía que al fin de cuentas tiene la responsabilidad de ayudar a los ciudadanos... La mujer no para de hablar por teléfono, de discutir, de argumentar, incansable, a pesar de que todo el mundo parece colgarle dejándola en mitad de su perorata. La Nena siente que le duele la cabeza. ¿Soy yo urraca, que andar tengo por casa dando saltitos? Un paso, otro contrapaso, una floreta, otra floreta... ¡Qué locura!, dice la mujer en la pantalla hablándole al búho y parece que va a continuar pero es interrumpida por el timbre de la puerta:

–¿Quién es?
–De la compañía de teléfonos.
–Nadie los ha llamado, nadie los necesita.
–Vamos, señora, abra la puerta. Vengo a recoger el MODEM.
–¿Mi teléfono?
–No, sí, es decir, el aparato de la compañía.
–No puede hacer eso, soy actriz, de las mejores de Broadway, y el teléfono es mi contacto con el mundo exterior.
–Señora, por favor, la línea está cortada desde hace meses... ¡abra la puerta!

El desenlace de la película la deprime un poco, pero no está triste. Enciende el celular. A la salida se deja mirar otra vez por Pierce Brosnan y promete venir a verlo. Aún es temprano, tiene tiempo de deambular un rato por la ciudad. Las vitrinas de los almacenes, convertidas momentáneamente en grandes pantallas de TV, transmiten el discurso que ofrece un hombre negro desde la Casa Blanca exhortando a los ciudadanos del mundo a que no olviden ese día: 11 de septiembre. Y a mi qué me importa este día, piensa La Nena, ve con desprecio al hombre que habla y sus ojos se van, por un segundo, hacia calles más tranquilas. Recuerda su pueblo, a su papá, a su melliza… y de repente desde sus pensamientos la mujer de la película la mira, es algo simiesca, quizá, pero bonita; hubiera merecido que dejaran tranquilo su aparato telefónico, o una muerte nocturna, con su pequeño búho y la piel de su ex al otro lado. Es triste quedarse sin línea telefónica, piensa… ring, ring dice, a gritos, pero su voz es un pozo triste, nadie la escucha, todos caminan aprisa como si en sus casas los estuviera esperando alguien con impaciencia, o con árboles dorados en las manos. Mira el celular que lleva en la mano y le dan ganas de estrellarlo contra el pavimento.

Piensa otra vez en su papá, el fotógrafo, en los años que han pasado sin verse, sin hablar, comunicándose sólo para lo necesario, y ni eso. Piensa en que quizá ya esté muerto. Muerto, repite en su pensamiento y sin notarlo se pone triste. En la agonía de aquella tarde la tristeza le luce. Está sola, triste y bonita. Disfrazada de colegiala.

Camina como una autómata hasta que decide tomar un taxi, no quiere subir al metro vestida así, se siente ridícula. Piensa en lo que pensaría su papá si la viera, y sonríe. El chofer la mira desde el espejito sin ningún recato. Decide tomar una pepa azul de las que le entregó Julián como anticipo: Dos de esas lo resuelven todo, dijo, al entregarle el frasquito. Por lo pronto, que no me importe que este idiota me mire como si fuera una galletita fresca, piensa La Nena, mientras la noche, maniática, empieza a girar…

Ve pasar las calles del centro que descienden hacia una catarata plomiza, una plaza en forma de riñón, restaurantes, edificios de apartamentos, un pasadizo perforado por los ojos de cientos de pequeñas tiendas, pececitos brillantes, ve pasar un puente rojo que se mece como un columpio, una cara pintada de blanco que se acerca al vidrio y gesticula, obscena, ve un policía acostado en la avenida con traje de playa, sonriente, bebiendo whisky, ve un laberinto de túneles de música extendida más allá de la vista, al Rey Lear con un traje de arpillera y otros andrajos, a su hija Cordelia, a una mujer de vestido rojo y rodillas perfectas en un carro de bomberos que aúlla, a Pierce Brosnan que no la mira, a su profesor de trigonometría envenenado por la luna y las piernas rosaditas de la hermana Sanalfonso, lata de atún bocaditos en aceite, ve un rostro con una cicatriz que bajo la piel ha conservado su purulencia, a sus manos de adolescente todavía nostálgicas, ve al animal serpenteante sobre los andenes y miles de autos entrecruzados con tenaz insistencia, ciempiés iridiscente.

En la radio suena Song for the moment de Eminem y se da cuenta que el taxista es un blanco con pinta de negro, un Michael Jackson a la inversa, y ya no le molesta que le mire las piernas: es inofensivo. Se siente como una galletita fresca, cosa dulce. Ve a un hombre arrastrando su melena en una casa asediada por las alimañas, solo, llorando frente a una puerta ciega, ve a un niño desnudo con los labios delgados y una trompeta al hombro, ve a un hombre limpio que se dirige al trabajo vestido con un traje azul oscuro con rayitas y corbata con delfines atravesados, rostro cubierto de pelos eréctiles, ve a una mujer sin labios que repite un nombre que se quiebra contra una bombilla del alumbrado, ve a Mónica Lewinsky, con la boca abierta, asomada a una ventana en una de las torres del World Trade Center, ve al vecino del piso doce que no sabe ningún idioma, ve los rostros de sus compañeras del internado, ve a una urraca parada sobre una señal de tránsito, ve al operario de la compañía de teléfonos, ve a su papá, acosado por un jardín de girasoles de oro y a sus ojos cubo de hielo en el vaso de whisky del policía. En la radio suena Girlfriend de Avril Lavigne y se siente niña de nuevo, noviecita. Ve, otra vez, a los ojos de su papá que la ven desde el asiento trasero de un auto, febriles, ve una ciudad abandonada que vive dentro de la gran ciudad y que agita un abanico de seda roja, perfume de medianoche, ve a un mariachi que aguarda bajo un árbol a que pase la lluvia, ve a un organillero que llora sobre el cadáver de un periquito de cristal…

–Llegamos –dice el taxista.
–Gracias –contesta, paga la carrera y se dirige hacia el Excalibur.

Ernst Ludwig Kirchner -“Selbstbildnis als soldat”, 1915

II

La jardinera le roza las piernas dejándole a cada paso una sensación de sutil erotismo, bajo la camisa los senos desnudos imponen sus capullos erectos a través del dacrón azul celeste, mientras sus pequeños pies calzados con zapatos negros de amarrar y enfundados en medias blancas atraviesan la calle rumbo al Excalibur. Los cuadritos azules y grises que se entrecruzan en el estampado de la falda le hacen recordar –otra vez– a su profesor de trigonometría: era simpático pero se tomaba muy en serio su papel y no permitía que ni siquiera una sonrisita se escapara de sus labios sensuales, y menos que sus ojos negros se detuvieran en la voluptuosidad de sus piernas de adolescente que se desprendían desnudas de aquel pequeño pedazo de cuadrícula tejida y se le ofrecían con descaro en la primera fila. Recordó los regaños de la hermana Sanalfonso, la coordinadora de disciplina del internado, exigiendo que el ruedo de la falda de todas las niñas estuviera cuatro dedos abajo de la rodilla y no lo contrario como La Nena la usaba.

Tal vez porque estaba vestida de colegiala, o simplemente porque así lo quiso, pues nunca había necesitado ninguna ocasión especial para echar de menos a su papá, sintió que a pesar de todo hubiera sido bonito que también esta vez él le hubiese puesto el corbatín, metiendo su mano bajo la falda para jalarle la camisa y después, con delicadeza, arreglarle el cuello mirándola como un pintor que acaba de dar la pincelada final a su obra maestra. Le hubiera gustado sentir nuevamente aquella mano velluda y fuerte apretando su cintura para conducirla hasta la puerta de la casa dándole, como siempre, un beso tierno en cada mejilla dejándola ir de entre sus brazos con esa expresión de animal doméstico perdido en la selva y su voz profunda que siempre la despedía con un que te vaya bien Nena que sonaba a un adiós irremediable, como si ella no se fuera para la escuela, a quince minutos de su casa.

Quiso ver otra vez sus ojos brillantes midiendo su rastro sobre la mayólica del patio, con la mano derecha, sutil, sumergida en el agua de la fuente, con la misma expresión de quien retorna al mar a un pequeño pez que por azar ha caído en su anzuelo. Pudo verse, por segundos, en un límite único del tiempo, en la casa de los girasoles, a una edad y en un cercano lugar del pasado en donde fue feliz y donde quedó abandonado, ya roto, el cáliz cristalino de su infancia.

En sus ojos verdes se refleja el aviso de neón del Excalibur, en donde una mujer perfilada con trazos de vidrio luminoso manipula una espada repitiendo incesante una acción parecida a un harakiri en la que atraviesa no su vientre sino su vagina. Una emoción insólita, una atracción, un deseo confuso hizo que sus rodillas temblaran, sintió el cosquilleo de un viento lacerante que subía por sus piernas recordándole que no tenía bragas, que bajo la falda su sexo tibio aguardaba, expuesto.

–Es sólo trabajo –le había dicho Julián, un compañero de la universidad, cuando ella le pidió que la vinculara al oficio. Entre risas le explicó qué hacía una prepago y cuánto dinero podría ganar. Le entregó el celular que ahora llevaba en la mano, nuevecito, y le dijo que estuviera pendiente del primer llamado.

Los ojos del portero del bar la recorrieron, resbalosos, burlones, con la expresión de un negociante mañoso que se pasea por una feria. Por un instante dudó pero la certidumbre de que su papá se irritaría mucho si franqueaba el umbral de aquella puerta, la animó a seguir adelante. En su recuerdo lo odió otra vez por el descuido, por el abandono… Se rió de sí misma pues él en ese mismo instante quizá ya estaría muerto, o rendido a su propia noche como para ocuparse de ella.

Bajó despacio hacia el sótano en donde funcionaba el salón de baile y se dejó impregnar por el ambiente cargado de perfumes adversos, de pieles sudorosas y de música. Miró los cuerpos moviéndose en círculos, rescribiendo en su sangre un alfabeto de una era anterior al hombre; cerró los ojos y se entregó a aquel ritmo y sintió que mil pupilas vitrificadas recorrían su cuerpo. Sintió que algo viscoso rozaba sus labios y abrió los ojos pero nadie ni nada parecía haberse dado cuenta de que ella estaba allí. Caminó sin prisa hacia el baño de mujeres, moviéndose entre las mesas como quien atraviesa descalzo un río saltando de piedra en piedra con la emoción contenida de un posible resbalón. Para evitar la sensación de descontento que se iba imponiendo en su ánimo, fingió, para sí misma, un interés extraordinario por lo que estaba haciendo y con sinceridad anheló que se renovara el cosquilleo en medio de sus piernas, el deseo ávido, el apasionado deseo por una súbita y honda emoción que no sentía. Atenazada por los escrúpulos quiso retroceder pero la masa de cuerpos danzantes la empujó a su destino.

Ernst Ludwig Kirchner -“Autorretrato con modelo”, 1910

III

Con cuidado abrió la puerta del baño y entró. Algo fluido que no provenía del espacio interior le transmitió una impresión de levedad. Su imagen de colegiala se reprodujo en los muros de azogue, pensó en su hermana melliza y se dijo que era ella quien la miraba desde el espejo… miró sus mejillas sonrosadas como a fruta viva, sus ojos radiantes, las piernas intranquilas y allí dentro, en su sexo tibio, un cosquilleo.
Nada había en aquel espacio que fuera acariciador, bello, o luminoso, y sin embargo sintió una sosegada alegría exenta de todo temor, sólo comparable a algunos recuerdos de su infancia, con su padre y la melliza en la casa de los girasoles.

De improviso vio que su imagen desaparecía de los muros pues alguien había apagado la luz. Escuchó que una llave certera entraba en la chapa del baño y ponía doble seguro. Sintió en su oreja el aliento alcohólico del recién llegado, su respiración jadeante recorriendo su nuca, bajando por su espalda, girando hacia sus senos, tasando la robustez de sus pezones, olisqueando su ombligo, demorándose en su entrepierna como si midiera la temperatura de su pubis y la firmeza de sus muslos, deteniéndose con precaución en sus nalgas como para calcular su profundidad, su estrechez... Hoy es viernes de palabritas nocturnas en la oreja, habían dicho sus compañeras de la universidad. Sintió que una barba áspera se restregaba contra sus mejillas y un vaho a tabaco le cayó sobre el rostro. Sintió que aquella sombra informe la tomaba con fuerza por el cabello y la obligaba a hincarse, a chupar un miembro escuálido que luchaba por tener una erección. No se sorprendió, pues todo aquello le había sido indicado en la llamada. Pensó, sin embargo, que habría sido mejor si hubiese tomado otra de las pepas azules. Apenas esa verga olorosa a lavanda se puso dura, escuchó una voz agitada pidiéndole que se pusiera en cuatro patas, como una perra, sintió que la penetraba por detrás, que le pegaba palmadas en las nalgas mientras la llamaba mi putica rica y antes de que se acomodara para resistir el dolor, sintió en su entraña una secreción babosa que, por lo que pudo establecer, correspondía al orgasmo del hombre.

Todo había durado menos de cinco minutos y ahora estaba otra vez sola, la luz había retornado y su imagen de colegiala la miraba nuevamente desde todas las latitudes del baño, multiplicándose, sin misericordia, igual que el cosquilleo en su vagina. Tomó los billetes que el hombre había dejado sobre el lavabo y salió. Ya en la barra pidió una bebida energizante. Bebió, se tomó otra pepita azulosa y dejó que la estridencia del ambiente la envolviera. Cerró los ojos y pensó en la universidad, en su papá… en que él jamás se enteraría de lo que acababa de hacer. Idiota, dijo, y no supo si se refería a él o a ella misma. Pensó en la casa de los girasoles, en el olor de la oscuridad... Abrió los ojos y al otro lado de la barra vio a un hombre viejo, barbado, que fumaba y sonreía enseñando con insolencia una dentadura amarillenta, devastada por la dejadez y por el paso del tiempo. Miró hacia la derecha y vio el rostro de otro viejo muy parecido al anterior que también la miraba y le sonreía. Miró hacia la izquierda y ahí estaba un gordo, no tan viejo como los otros pero más desagradable, todos con sendos celulares en sus manos.

Se levantó dispuesta a marcharse de allí pero alguien la tomó por la espalda y la estrechó con suavidad. Era Julián.

–Bienvenida Nena –le dijo, la tomó de la mano y la condujo al fondo del bar.

En ese instante su celular, el nuevecito, sonó con insistencia.

***

De: Flores artificiales /Nigth Club y otros cuentos





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© Carlos Castillo Quintero

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Joan Manuel Serrat - Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969) - He andado muchos caminos

>> diciembre 14, 2009


Retrato de Antonio Machado realizado por su hermano José



He andado muchos caminos
(Antonio Machado - Joan Manuel Serrat)

He andado muchos caminos
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra.

Y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio
preguntan a donde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja.

Y no conocen la prisa
ni aún en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino,
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.








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Diez minificciones - CCQ

>> octubre 07, 2009

Kandinsky, "Red Spot II"-(1921)

CASA DESHABITADA

Al escuchar el llamado, el habitante –antiguo huésped del insomnio– se levantó y abrió la puerta: no había nadie. Regresó a la cama pero antes de que pudiera recostarse de nuevo, el timbre sonó. Fue hasta la puerta, la abrió nuevamente, y una ráfaga de frío le cruzó el rostro y se perdió por la calle solitaria. Seguro de que se trataba de la broma de algún rapaz, regresó a la cama dispuesto a no levantarse otra vez.

El cartero llamó de nuevo, pero nadie abrió la puerta. Miro su reloj: 10 y 30 a.m. Miró el sobre, remite: Buenos Aires. Por tratarse de correo internacional decidió insistir y timbró otra vez, pero no obtuvo respuesta. Casa deshabitada, escribió en su hoja de reporte, y se marchó.

Adentro, el habitante intentó conciliar el sueño, pero no pudo. La luz del día lo molestaba. Se levantó, fue hasta el escritorio y reanudó su trabajo. Escribió:

“El habitante, condenado al insomnio, deambuló por la casa, fue y vino por las habitaciones vacías, durante horas, sin que el cansancio lo rindiera. Esperanzado, fue hasta el espejo del baño y con sus manos traslúcidas palpó su rostro, buscó su reflejo en la luna de azogue y sólo vio los azulejos, los grifos, la cortina... el baño desierto. Al escuchar el llamado, fue hasta la puerta principal, pero no abrió; atemorizado aguzó el oído, pasados unos minutos escuchó unos pasos alejándose de su casa. Y en su rostro de niebla se presintió el dibujo triste de una sonrisa”.
Para Raúl Brasca




Kandinsky,"Lady in Moscow" - (1912)

SAMARITANA

–¡Ayúdame! –dijo el hombre, acuciado por la asfixia del abandono. La mujer se detuvo, recogió las huellas de su partida, y él sintió que una brisa vital atravesaba su garganta. Pero antes de que pudiera recuperarse, ella sacó de su bolso una navaja y se la clavó en el pecho: “para que respire por la herida” le dijo, y retomó su camino.




Kandinsky, Murnau Street with Women, 1908

HOMBRE EN EL UMBRAL

Con la sensación del agua tibia deslizándose sobre su piel, la mujer, desnuda, sale del baño y frente al tocador se contempla, se reconoce bella, espléndida en su desnudez.

El hombre, parado en el umbral, la mira.

Ella se perfuma y un aroma de selva llena la habitación; cada movimiento de su mano entreabre su cuerpo, insinúa lo que viene. Los senos firmes sienten la caricia y se impacientan. Como para distraerse peina el ondulado manantial que llega a su cintura; de sus ojos azules brota el oscuro fuego que la embarga.

El hombre parado en el umbral, la mira.

Ya vestida, su desnudez es mayor. Bajo la bata ceñida sus caderas auguran abismos. Sin prisa, se prepara una bebida, mira el reloj y en el lecho se abandona.
Es bella piensa el hombre, y es mi esposa.

Una vez más vuelve a sentir el deseo pertinaz de poseerla. En ese momento alguien entra a la casa, la mujer sonríe complacida. Tiene llave propia, piensa el hombre y lo ve subir, la ve arrojarse en brazos del intruso.

El hombre parado en el umbral, la mira, los mira y nuevamente maldice su condición de fantasma.




Kandinsky, On White II

CUENTO DE NAVIDAD

El niño obligó a su mamá a abrir las piernas –la forzó– la hizo pujar, recorrió su conducto vaginal, se ahogó con sus flujos, hirió sus mejillas con su vello púbico y, como recompensa, pudo asomar la cabeza, sintió el aire mortecino del establo y ya se disponía a incorporarse al torrente de sombra que lo aguardaba cuando su madre recuperó el aliento –la fuerza– y con sus manos ensangrentadas lo obligó a desandar el camino, lo empujó, lo retornó a su matriz, y cerró las piernas para siempre.




Kandinsky, Transverse Line, 1923

CHINO FILÓSOFO

El chinito miró la caja y curioso la desarmó. Apareció otra y también la desarmó, y luego otra, y otra y muchas cajas más.

Cuando desarmó la última caja sintió que se quedaba sin piso, sin cielo, y cayó en un irremediable vacío.




Kandinsky,“Der Blaue Reiter (El jinete azul)”, 1903

LETANÍA DEL Dr. JEKILL

Olvidado de sí, de sus ímpetus, de sus arrebatos nocturnos, reducido a lo que mi espejo le permite se acomoda en el sofá, frente al televisor, y deja que las horas se desmoronen, inútiles, sus ojos van de un canal a otro, cristalizados reflejan el vacío de su alma antes infernal.
Y dentro, el fiero deseo se impacienta, el vicio bajo la piel se ahoga, mi queja, mi lamento, mi triste destino de no ser nadie sin usted, Mr. Hyde.




Kandinsky,"Boat Trip"-(1910)

RÉQUIEM

Los enemigos de Ícaro pasaban las tardes en el monte fusilando avecillas, afinando la puntería para cuando fuera necesario aleccionar a otro que quisiera alcanzar las estrellas.

Y mientras tanto –como un perro de caza– un hombre los seguía, recogía los alados cadáveres, les requisaba la garganta y extraía las pequeñas flautas que los malogrados cantores ya nunca podrían ejecutar y las guardaba en una mochila, improvisado mausoleo para aquella celestial música de pájaros.
Para Pablo Montoya




Kandinsky,Churches-new-Jerusalem

LA OTRA VIDA

Por e-mail le comunicaron que estaba muerto y condenado al Infierno. Aquella noticia no lo sorprendió, pues su vida no había sido nada ejemplar. Sin embargo, creyó necesario responder aquel mensaje. Escribió:

¿Si estoy en el Infierno por qué mi casa, mi familia, mis amigos, mi trabajo, y mi vida siguen igual?




Kandinsky, "Contrasting Sounds" - (1924)

JAQUE MATE

El Rey, entristecido, miró el campo de batalla, revisó su estrategia y con pesar tuvo que reconocer que ya había ganado aquella partida. Sin embargo, agachó la cabeza y concedió la victoria a su oponente, pues no soportaba que a su Dama se la hubiese comido el caballo.




Kandinsky,"Moscow I" - (1916)

POLVO Y CENIZA
El Quiroz viejo se quedó mirándome y, con orgullo, comenzó a contarme que la anciana flaca y desgreñada que soplaba el fogón era su cuarta mujer.

–Es la madre de las otras tres –dijo–, es bruja y durante el día se ve vieja pero en la noche se pone joven, como de diecisiete años, y sus caderas son suaves y sus senos duros.

Y mientras hablaba acariciaba la cabeza de la añosa que se apretaba contra sus rodillas como un perro.

–¡Quédese y lo comprueba! –continuó–; si quiere se la presto por un rato. Lo malo es que nos toca disputársela a puñaladas a mis hijos, que ya probaron de su calor y se aficionaron a ella.

La mujer levantó el rostro y emitió una risita, como un silbido, y en la habitación se propagó un olor nauseabundo. En ese momento miré sus ojos: negros, profundos, quietos como un pozo, y me sentí bien.

–Vale la pena –siguió diciendo el Quiroz viejo–. Al fin y al cabo ellos cualquier otra noche pueden tenerla... ¡Aprovéchela antes de que todos seamos polvo y ceniza!...

Y siguió hablando hasta que la sombra nos cercó pero yo no lo escuché, no quise, no pude, pues quedé atrapado por la luz de aquellos ojos que ahora sentía febriles, por aquel rostro rancio que desde entonces veo angelical. Y así fue, Eliécer, como me convertí en otro de los Quiroz.
Para Eliécer Cárdenas



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Rosa sombría

>> octubre 02, 2009

"Juanito dibujando"


ROSA SOMBRÍA


Sobre la mesita de estudio, la rosa –ya marchita– se inclina. Está allí desde hace tres días. Era el obsequio para la niña nueva, lo mejor que el niño pudo conseguir con sus ahorros: una hermosa rosa roja y, como complemento, un anillito de plata con una piedra celeste en el centro. “Cristancho le manda este regalo de bienvenida, que en el recreo la espera bajo el árbol del patio”, eso dijo Villegas que le había dicho, pero ella no fue al árbol en ese recreo, ni en el de la tarde, ni nunca. Tampoco recibió la rosa.

Ella es más pequeña que las otras niñas, y más bonita también. Es blanca y cuando sonríe se le marcan dos huequitos, uno a cada lado de la boca. Yo confío en Villegas porque es mi amigo desde tercero. Él dice que sus ojos brillaron al recibir el anillo y que ahí mismo se lo puso, que no recibió la flor porque no le gustan las rosas. Yo no le he visto las manos (pero sé que en su dedo el azul de la piedrita brilla más) porque no la he visto a ella, no puedo verla después de que no cumplió con nuestra cita en el árbol del patio.

La rosa lo mira con lástima: ¡cuánta inocente soberbia, y cuánta candidez!, pero
todavía es tiempo de administrar algún remedio: cuando el niño intenta acariciar uno de sus pétalos marchitos, como sin querer, clava una de sus espinas en esa carne tierna, como para irlo preparando para el próximo domingo cuando vea el anillito de plata en la mano de la niña, y esa mano querida agarrada a la mano de Villegas, felices, a la salida del cine.

Para Catalina
(Sección San Agustín, 2003)


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FRAGMENTO 2

>> septiembre 18, 2009

"Hanged Man" - Jeffrey Micheal Harp


FRAGMENT0 2


La música inesperada combinación de notas modulaciones tonos y movimientos cromáticos cobró un valor desconocido goce ruptura abandono sublime el recuerdo de tardes sobre el piano abismo el lecho de un asesino lluvia miserable su pene duro malos tiempos aquellos juan diego los de mi madre y el olor a pantanos sobre mis hombros hank buen tipo debiste conocerlo para qué afanarse sólo es la muerte selva furiosa sus muslos río avasallante nicole estropicio del viento ausencia extraña sensación de pesadez no me simpatiza mmm mmm no te apresures en hacérmelo sentir papi qué desespero tus zancadas de condenado cambiando cien veces un compás escribiéndolo borrándolo perseverancia de tus manos sobre la misma página descenso sensibilidad al desnudo estoy mal papi quiero decírtelo martín pescador en la tarde triste nicole no te conozco no te recuerdo maldición te quiero sabes juan diego perdóname mi alma aquí la tienes tómala dios para qué aplazar el momento de la agonía estoy bien papi my own worst enemy tema nocturno transición armónica rápida en crescendo juan diego sentido genial del efecto del afecto es lo mismo no te confundas es tiempo literalmente caído del cielo mi vida estoy encinta cuidado una niña jaguar lamenta su trampa la hermana sanalfonso vigila mis piernas pabellón inmarcesible papi si supieras fui la mejor de mi clase no despiertes sueño el destino políglota en los senos del pico agorero vino nocturno mi pequeña colegiala sobre el pentagrama quiero verte george eunuco no insistas vete con ella arrastra una cometa lejos de mi patroclo no excluyas la esperanza verdugo el tiempo que olvida sus límites música refinamiento de la huída muerte sin flores por la que ha valido la pena vivir pero no estoy muerto ni vivo estoy recordando mi destino inevitable desenlace era la única forma de salvar su vida y la del bebé que estaba esperando la música en mi cabeza como un fantasma que arrebata la luz de la noche es más segura la muerte que la vida cielo perdóname lo sabía bien desde el principio el padecimiento sin estrellas la inmortalidad es un animal incierto fermentación que se atraganta sin limitaciones no me simpatiza mmm mmm qué puedo darte tu alma ah ya comprendo aquí tienes la música moribunda mesalina delicada ven paul mi tesoro atrapado en un piano sin interrupciones hazme el amor cubierto por la brisa marina construyendo una fortaleza con las risas de los duendes ebrios silvestres en la playa entregada a rumores salinos el amor brebaje asmático vigilante nicole extinguiéndose entregada a su demonio apasionado todavía la vida misma multiplicando su deseo que no puede regresar miserable la muerte de dios que esconde el momento de su gracia olvídate hice lo posible para disimular la ausencia de tu madre tierra traicionera te quiero tanto me dueles tanto soy padre madre dios crucificado según yo entiendo hermana sanalfonso reliquia divina los saltamontes en sus senos húmedos esas gentes eran menos reales que sancho panza no podía ser diferente todo huele mal después de la medianoche a veces más lejos paul me gustan tus manos geografía de piel que brilla luz pálida en el balcón piedras aleros que lloran no es ella quien mira soy yo el que no puede evitar sus ojos mientras se adentra por las líneas de mi destino trazado con fuerza en mi mano papi camino por la línea de la muerte me asomo a la cresta de un acantilado mis cabellos flotan iluminados por la sangre de un hombre colgado ojala que te vaya bonito crucificado en la línea de la muerte pero también de la vida que lo invade todo mi voz sobre la línea del corazón cuerpo voluptuoso delineando las formas de una fruta viva sin reservas tus rodillas tocando cada extremo del mundo rico profe por ahí sí no me simpatiza mmm mmm una sirena que agoniza en el lavamanos de un cuarto de hotel y canta una vieja tonada paul manos rosaditas pepas rosaditas boca rosadita de niña comiendo helado de coco cansado bicicleta con la cadena suelta risa suspendida en la niebla sin vida la casa abandonada sobre la colina con los ojos cerrados como una gallina en una rama la tristeza guardada en los guardarropas entre los tablados montesquieu apasionado por el estudio de las ranas y los patos ovnis enemigos los muros de azogue paul dejaste la llave prendida en la chapa abandonada a los murmullos lo mató el tiempo no iba caminando pero estaba muerto por la ausencia no llevaba una rosa roja en sus manos en todo caso cuando se fue ya estaba muerto no me simpatiza mmm mmm construcción triste sucia derrotada por la soledad con el pasto invadiendo los corredores y el primer piso confundiendo sus tallos con las víboras pobre infeliz el abandono saliendo por las ventanas único rastro vital el agua limpia de la fuente sobre la mayólica del patio capa acuosa verde de nostalgia quise mirar bien esa línea de mi mano antes que declinara la noche en el horizonte se presentía la cabellera brillante de un sol jovencito patroclo tan valiente tan joven tan fuerte los caballos de aquiles lloran su naturaleza inmortal enfurecida ante esa obra de la muerte per me si va ne la città dolente per me si va ne l'etterno dolore per me si va tra la perduta gente verlaine bebe brandy su adolescente profetiza el olvido pantomima de esclavos mentirosos los ojos de la hermana sanalfonso mirándome no me simpatiza mmm mmm una ceiba intemporal árbol perteneciente a otra edad del mundo otros dioses gustadores de gigantes y dentro algo le dice que ella no es lo que cree que es hello baby hello brad el repique de los campanarios descansará primero descansará t s eliot aficionado a escribir la suerte cuídese papa doc pues el llanto se acaba la imaginación el hábito de creer en el mundo demente alimentado con pan francés cierra las puertas de tu rostro nicole para que no digan luego que aquella sirena enamorada fuiste tú mezcla de luna atmósfera íntima nuestro corazón cometa arrollada por la tarde ya completamente desnuda ahora soy tuya paul toda tuya y su voz venía de muy lejos cargada con la furia de vientos vírgenes kápax asoma su melena mojada de río caudaloso nunca había visto a una mujer tan bella juan diego perdóname te remuerden los días te culpan las noches te duele la vida tanto tanto no me simpatiza mmm mmm la casa abandonada es deprimente el piano samsa con la manzana en el lomo huyendo de la luz la partitura limpio trazo delicado música blasfema nena no te dejes mirar general leonidas trujillo desesperada fuga la playa plegada de manera tal que una parte sube en ángulo a donde murieron las risas último abrazo que se repite en espiral sentida agonía tu pipa abandonado cuerpo asediado por la diarrea octava plaga que no llegó a egipto confesionario inmerso en coma teológico intermediario posible para llegar hasta un dios imposible sobresalto del cristo que llora sin entender al muerto enamorado de frente de costado o de pie aunque no tanto mario vargas llosa salvo excepciones somos la gente de los que tus papás te previnieron nena velocidad máxima 15 km por hora el colegio y casa de ejercicios santa ágata halcón celestial recoge la parte equivalente hombre hay niños en la vía cómo se le ocurre incluir tantos movimientos y una coda no corresponde no me simpatiza mmm mmm el frasco de pepitas azules y rosaditas al lado de tu cama pepita no es un nombre tu cuerpo sangrante sin cuerno sin alas en la avenida expuesto a la risa de carlos los transeúntes que cuentan historias de troya schumann salió de su casa rumbo al manicomio y se arrojó al rhin quieto apacible grave y valiente como un viejo dios germano que ha comido del árbol del conocimiento y ahora es como uno de nosotros sabiendo el bien y el mal que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y coma y viva para siempre el cónsul asesino invisible al oriente del huerto con una espada encendida guardando el camino hacia el árbol carnal y generoso para que nadie huya de su destino no me simpatiza mmm mmm el hijo del hombre se va pero tú esperarás a que vuelva poema de la muerte que ha nacido triste sonata capricho del infierno.

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Agua quemada o las guerras de Pancho Villa

>> septiembre 03, 2009


Contra el agua, días de fuego.
Contra el fuego, días de agua.

Octavio Paz, Calendario.


Por: Carlos Castillo Quintero

A partir de 1915 Mariano Azuela, médico militar de las fuerzas revolucionarias de Julián Medina, comenzó a publicar por entregas su novela Los de abajo, reunida como libro hacia 1917. Se inicia entonces lo que se ha llamado la novela de la revolución con gran auge a partir de 1931 con Vámonos con Pancho Villa la primera novela de Rafael Muñoz y La asonada de José Mancisidor, pasando por obras fundamentales como Memorias de Pancho Villa (1940) de Martín Luis Guzmán y Se llevaron el cañón para Bachimba (1941) de Rafael Muñoz; hasta llegar a novelas contemporáneas como Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, entre muchas otras. En estas novelas los escritores mexicanos dan razón de lo que pasó en su país durante las tres décadas de la dictadura de Porfirio Díaz; del desarrollo del movimiento revolucionario iniciado en su contra en 1910 con figuras míticas como Francisco Madero, Pancho Villa o Emiliano Zapata y, finalmente, sobre lo sucedido después de 1917 con la promulgación de la Constitución Revolucionaria que aún hoy tiene vigencia (1).

Sesenta años después de la revolución, en 1981, Carlos Fuentes publica Agua quemada, cuarteto narrativo (2) libro en el que enfrenta al pasado con el presente de la sociedad mexicana, en un juego de espejos fraccionados que ya antes había manejado con maestría. El cuarteto lo integran los relatos “El día de las madres”, “Estos fueron los palacios”, “Las mañanitas” y “El hijo de Andrés Aparicio” que responden a una estructura de filigrana en donde la línea vital de los personajes en ocasiones se entrecruza y en otras mantiene una paralela que configura el espacio de las acciones, constituyendo un corpus narrativo que algunos estudiosos han clasificado como novela (3). Así, el general Vicente Vergara del primer relato, paga la renta de doña Manuelita su antigua sirviente y personaje del segundo; Federico Silva, el aristócrata del tercer relato, es el casero de doña Manuelita; y en el último relato el abuelo de los Aparicio, don Bernabé, se devela como el antiguo ayudante de campo del general Vergara.

Por su riqueza literaria y su vínculo directo con la novela de la revolución, vamos a ocuparnos de “El día de las madres”, el primer relato del libro. Allí se reúnen tres generaciones y con ellas a gran parte de la sociedad mexicana del siglo XX representada por el general Vicente Vergara, veterano de las guerras revolucionarias; por su hijo el licenciado Agustín Vergara, aristócrata de una clase social emergente; y por Plutarco Vergara, el nieto, niño rico asiduo de casas de putas, quien es el narrador y relata desde un presente que dista algo más de una década del presente de la narración, pues cuando se dan los hechos tiene 19 años y cuando los narra ya ha cumplido 30.

La incomunicación es una constante en los personajes. El viejo general no habla con su hijo Agustín, y éste apenas habla con Plutarco. El general vive en el pasado, en la revolución; el licenciado es un figurín de la escena social de la capital… “un guevón que se encontró con la mesa puesta” (p.21), y el nieto está inmerso en una crisis de personalidad que habrá de llevarlo hacia su “liberación”.

Estos tres varones literarios, representantes del México moderno, jalan el relato con la ausencia total de sus mujeres: la abuela Clotilde “que sí sabía llevar una casa” (p. 40) y Evangelina, la madre de Plutarco, “una huila” que deshonró al hijo del general. La ausencia, “la mutilación”, se convierte entonces en otra constante de este primer relato ─y de todo el libro─ y a ella alude su título: “El día de las madres”, ya que estas madres sólo son una tumba en el Panteón Francés a la que los Vergara llevan flores todos los 10 de mayo.

Pero quizá lo de mayor relevancia en este relato se resuma en el pedimento que el nieto hace al general mientras le ayuda con su baño. Dice Plutarco: ─No quiero quedarme fuera del dolor, abuelo. (p. 26). Ya antes había dicho: ─Me hubiera gustado castrar a alguien, como usted… (p. 23). Así, se configura la infancia de México como nación, y la de otros países latinoamericanos que arriban al siglo XXI con el dolor y la violencia como su herencia natural.

Y es aquí cuando se valida la figura de Pancho Villa, el campesino que se convirtió en caudillo de la revolución. Otro alzado contra la dictadura, contra el Gobierno, el hambre, la injusticia. Doroteo Arango Aránbula quien decidió llamarse Pancho Villa pero que podría haber elegido otro nombre: Naun Briones, el ecuatoriano; Guadalupe Salcedo o Dúmar Aljure, los colombianos; o apodarse El Tilcuate, igual que el revoltoso personaje de Rulfo; o pertenecer a la estirpe condenada de militares tristes que se inicia con Aureliano Buendía. No, se llamó Pancho Villa y hace un siglo viene ganando y perdiendo guerras en todos los países latinoamericanos.

Escuchemos la reminiscencia que el general Vicente Vergara hace de Pancho Villa, y que comparte con su nieto:

«─Óyeme, chamaco, una cosa era Villa cuando salió de la nada, de las montañas de Durango, y él solito arrastró a todos los descontentos y organizó la División del Norte que acabó con la dictadura del borracho Huerta y sus Federales. Pero cuando se puso contra Carranza y la gente de ley, ya fue otra cosa. Quiso seguir guerreando, a como diera lugar, porque ya no podía detenerse. Después de que Obregón lo derrotó en Celaya, el ejército se le desbandó a Villa y todos sus hombres volvieron a sus milpas y a sus bosques. Entonces Villa fue a buscarlos, uno por uno, a convencerlos de que había que seguir en la bola, y ellos decían que no, que mirara el general, ya habían regresado a sus casas, ya estaban otra vez con sus mujeres y sus hijos. Entonces los pobres oían unos disparos, se volteaban y miraban sus casas en llamas y sus familias muertas. “Ya no tienes ni casa, ni mujer, ni hijos ─les decía Villa─ mejor síguele conmigo.”» (p. 15).

Mejor síguele conmigo, a ese llamado había atendido el general Vergara durante décadas “pues anduvo con todos y a todos sirvió, por turnos” (p. 16) y a todos sobrevivió. Hombre recio que perdió su fortuna amasada en los tiempos de la revolución por confiar en su hijo, el licenciado Agustín, que cambió la vocación de la tierra y se puso a cultivar amapola, a traficar con heroína, a confiar en los gringos… El general Verga-ra que berreó como un infante al perder su única y quizá última batalla contra la oruga dispuesta que le aguardó durante más de media hora entre las piernas de la Judith, una veterana virgencita de la casa de la Bandida a donde lo llevó su nieto, Plutarco, el mismo que hizo bautizar con ese nombre en honor al jefe máximo de la revolución, don Plutarco Elías Calles, su nieto imberbe que sí se cogió a la Judith, en sus narices, mientras los mariachis entonaban el “Siete leguas”, el caballo más querido de Pancho Villa.

Así, en “El día de las madres”, Fuentes traza el mapa de la sociedad mexicana contemporánea y de “México, ciudad voluntariamente cancerosa” (p. 37).

Se han ganado y perdido batallas, guerras, gentes… Pancho Villa va y viene de un extremo a otro de Latinoamérica y para qué… “como el coño de la puta Judith, que usted ya no se pudo coger y yo sí y para qué, abuelito.”(p. 37).

¿Para qué?
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(1) Esta narrativa tendría su equivalente en la literatura colombiana en la denominada novela de la Violencia, con obras como El Cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón, La mala hora (1962) de Gabriel García Márquez, El día señalado (1964) de Manuel Mejía Vallejo y Cóndores no entierran todos los días (1972) de Gustavo Álvarez Gardeazábal, entre otras.

(2) Carlos Fuentes, Agua quemada, F.C.E. México, 1981.

(3) Ver: Marina Gálvez Ácero, Agua quemada, imagen de la desintegración actual de la estructura lógica del proceso histórico-cultural mexicano. En: Anales de literatura hispanoamericana, núm. 13. Ed. Univ. Complutense, Madrid, 1984.


Derechos reservados
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CARLOS CASTILLO QUINTERO en la 22 Feria del Libro de Bogotá

>> agosto 24, 2009




Si usted quiere convertirse en lector, comience por cargar un libro

Esta fue una de las recomendaciones que les dio el poeta y escritor boyacense, Carlos Castillo Quintero, a 300 estudiantes y algunos docentes de colegios públicos y privados, que se reunieron en el marco de la Feria del Libro de Bogotá para escucharlo y recibir de él una Lección de vida.


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“Con mis libros no pretendo cambiar el mundo, lo único que espero es que en algún momento de la vida uno de ellos se encuentre con su lector… Si uno carga un libro, éste va a ser una amenaza permanente y de pronto corre el riesgo que dos años después decida abrirlo y lo lea”, así responde Carlos Castillo a la pregunta que alguien le formuló sobre cómo convertirse en un buen lector.

El auditorio, que durante una hora siguió atento las palabras del escritor y poeta, recibió su mensaje: 1. La importancia de tener un sueño y tratar de vencer todos los obstáculos para conseguirlo, 2. Prepararse para tener una estructura mental capaz de pensar bien y 3. Hacer las cosas en su momento, no dejar nada para después “no actuar como si fuéramos inmortales”, de esta forma es posible alcanzar las metas y ser exitosos.

Pero hubo más, como la intervención de Diego Figueredo, un joven espectador que confiesa su pasión por la poesía y cómo le gustaría saber escribir para desahogarse sobre todos los sentimientos de soledad que esconde, aprender a expresar su pensamiento…Su consejo para los estudiantes es que aprovechen todas las herramientas que les dan en el Colegio, valoren muchas cosas, para que después no tengan que arrepentirse.

Y a propósito, la reflexión del escritor sobre el sentimiento de soledad que todos experimentamos, por lo cual es necesario preocuparnos por ser una buena compañía para nosotros mismos, estar bien ‘conmigo’, hablarme, resolver cosas, hacer balance. “Porque siempre se va a estar solo, es importante construir esa persona con la que uno va a estar en todos los momentos de la vida: uno mismo”.

Al final, un inmenso agradecimiento de los asistentes y, por supuesto, de la Secretaría de Educación de Bogotá, que a través de la estrategia Lecciones de Vida, del proyecto: “Inclusión Social de la Diversidad y Atención a población vulnerable en la escuela” hace una contribución a la construcción del proyecto de vida de los jóvenes estudiantes de nuestros colegios a través de conversatorios desarrollados por personajes del ámbito nacional, distrital y local, cuya experiencia de vida signifique un aporte motivador para que los estudiantes proyecten su futuro y encuentren en la educación el camino para mejorar sus condiciones de vida y alcanzar sus sueños.

Carlos Castillo Quintero se ha convertido a través de los años en poeta, narrador, ensayista y editor colombiano. Su obra le ha merecido varios premios nacionales. En el último lustro se ha destacado como director de Talleres Literarios.

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Fragmento

>> agosto 17, 2009

"The Little Wasp Girl" - Jeffrey Micheal Harp

I. JOYCE

10:30 pm.

Se levanta en la noche y deambula por el asilo hasta el amanecer, siempre a la misma hora siguiendo una ruta que repite con variaciones, giros, recreaciones laberínticas que a veces me confunden, no por su complejidad sino por mi prematura certeza de que algo va a cambiar. A pesar del frío se cubre sólo con una bata de seda que deja su cuerpo a la intemperie; extiende los brazos hacia el frente y con los ojos cerrados camina sin tropezarse, igual a los sonámbulos que he visto en la TV. En ocasiones la sigo, no por curiosidad sino obedeciendo a un antiguo deseo: que de un traspié y ruede por la escalera. Ella sonríe mientras avanza (como si leyera mis pensamientos), cumple con su travesía nocturna, con seguridad, con elegancia, incluso.

Vivimos en la parte sur del último piso, en “el cuarto de Esteban” como Ella lo llama. Es una pequeña habitación, en forma triangular, que da a una más grande llena de camas que nadie ocupa desde hace tiempo. Cada noche se detiene y revisa los tendidos, meticulosa, recompone algún pliegue, sacude, desarruga, limpia… y de vez en cuando se recuesta en el camastro del fondo: “mi mamá”, dice, y gimotea. Se incorpora y retoma su recorrido (otra vez con los brazos extendidos), se dirige hacia el balcón que se proyecta sobre el patio; allí se queda unos minutos, con la cabeza levantada, mirando las estrellas desde su adormecimiento. El balcón conduce a la crujiente escalera de mis deseos. Los peldaños en madera, gastados y lisos, brillan sin importar si hay luna o no. Cuando comienza a bajar, me aproximo, sigo con rabia el ritmo de sus pies, olfateo, me dan ganas de morderla, de darle un empujón, pero sé que no puedo, no debo –todavía–. La escalera termina en un corredor que comunica con una galería que no parece cumplir algún propósito. Según Ella, alguna vez funcionó como Salón de Juegos: nos reuníamos aquí –dice–, todas, hasta las que no tenían brazos ni piernas, algunas recargadas contra la pared, otras sentadas en el suelo, en sus sillas de ruedas, o acostadas, jugábamos con una pelota de goma, haciendo pases, sin dejarla caer, la bolita iba y venía en medio de los gritos, rebotando en las cabezas, los hombros, las rodillas, los muñones, las prótesis… hasta que alguna –irremediablemente– perdía, y la pelotita, como un pájaro muerto, quedaba varada en medio de unos senos, atascada en un pliegue, una arruga, una falda, o en cualquier otro andrajo. Detenido el juego, cesaba la algarabía y nos quedábamos mirándonos hasta que alguien decía: –Vaya usted. –¿Por qué yo? –Que vaya la Encarnación. –O la Eva. –A mí no me miren… –A mí tampoco... y así, en un nuevo ir y venir que se convertía en otro juego. La que había dejado caer la pelota (la perdedora), por lo general era alguna de las que no tenían ni brazos ni piernas ni prótesis ni silla de ruedas y, avergonzada, pasaba el resto del día procurando no dejarse ver de las otras.

De la galería, si se eligen las puertas laterales, se puede ir hacia las habitaciones de las internas, al sótano, o hacia la zona de servicio; pero si se toma la escalera de caracol se llega al altillo. Ella no sube nunca, dice que ya no puede con el ascenso (son unos treinta escalones) pero sé que no es cierto, de sobra conozco su energía, creo, más bien, que le da miedo. Si uno escucha con cuidado tiene la sensación de que en el altillo se oye algo, como un rumor, un cuchicheo, a veces un llanto entrecortado, un hipo. “Allá no hay nada” dice Ella, pero no es cierto, los bultitos de carne seca son la prueba: los encontramos al pie de la escalera, en Semana Santa o hacia fin de año, caen del cielo en espiral como balones de trapo. Ella los recoge y los pone en la basura sin permitir que los vea, pero no es necesario: el reguero de uñas, ojos, el sonido quebrado que hacen al caer, el olor, y su forma rectangular, dicen lo que son: torsos de viejas, restos de las que quedaron arriba. “Eran las más lindas –dice Ella, cuando habla dormida– y por eso no les dejaron nada: ni brazos, ni piernas, ni senos, les cortaron las orejas, la cabellera y luego las encerraron en el altillo... eran tan lindas”. Cuando alguno de estos envoltorios se atraviesa en su ruta de sonámbula lo levanta y juega con él, lo estrella contra las paredes, grita, habla, alega con otras invisibles jugadoras, hasta que el bulto se deshace convertido en un polvo macilento que se confunde con el resto de la suciedad de la casa.

En la zona de servicio queda la cocina, el lavadero, los sanitarios y las duchas. Hasta allí la sigo, pues no resisto ver cuando se baña. Prefiero ir hacia el segundo piso, a los dormitorios de las internas. Son habitaciones amplias, con techos altos de donde cuelgan lámparas en forma de araña, y paredes cubiertas con papel amarillo estampado de flores y pájaros ahogados por la costra de mugre que se ha ido acumulando. Si se mira bien, bajo el primer empapelado hay otro y debajo otro, cada uno con diferentes estampados lo que permite suponer, además de la evidente antigüedad de la casa, que ha servido a diversos propósitos. Mientras Ella se baña me entretengo siguiendo el trazado caprichoso de aquellas estampas, a no ser que me interrumpa la música. Es una melodía lúgubre que se desprende de un piano de cola, vaga por el asilo y a veces se cruza con nosotras, casi moribunda, pero eso no importa pues su ejecutante es un virtuoso. Presumo que vive en el ala norte, sobre el antiguo oratorio, pero no estoy segura; de lejos se ve que esa parte de la casa ya no es habitable. El pianista tampoco disimula su abatimiento. Lo he visto en el jardín sentado en el borde de la fuente, pálido, triste, con una fotografía entre sus manos, pronunciando un nombre de mujer con una voz que da miedo. Es delgado, no muy alto, con ojos grandes, barba, y una melena traslúcida que cae sobre sus hombros y acentúa su melancolía. Viste de levita, muy elegante, como para dar un concierto. Se levanta, de improviso, y recorre el sendero que divide al jardín en dos mitades deteniéndose ocasionalmente para cortar una flor, un tallo, un fruto que abandona de inmediato, como si sólo le interesara la sensación de trabar la vida. Las plantas mutiladas son la única prueba concreta de su existencia, pues antes de que pueda seguirlo se pierde en la espesura. Su huída está precedida por una marcha fúnebre, un doblar de campanas que se va apagando seguido de un canto dulce de renuncia, trozo celestial de atrevidas armonías que atraviesan la noche. El aljibe que está al fondo del jardín tiembla, y pareciera que la sombra del huyente se reflejara en sus aguas tocada de sonambulismo, como la música, como Ella.


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La utopía perversa - Carlos Castillo Quintero

>> agosto 09, 2009



Qin Shi Huang, en History Channel


En 1953 Ray Bradbury publicó en la revista Playboy –por entregas– una inquietante novela titulada "Fahrenheit 451", aludiendo a la temperatura necesaria para que el papel de los libros se inflame y arda. También podría haberla titulado "Centígrados 233", pero mejor quedémonos con el título original. El argumento que se desarrolla en la novela es viejo y recurrente: la quema de libros por razones vinculadas con la felicidad, la cordura, la seguridad, o el bienestar de la humanidad.

Y rememorando la novela de Bradbury me encontré con una palabra que no conocía: distopía. La busqué en el diccionario de la Real Academia y no la encontré, porque aún no ha sido aceptada. Pues bien, según lo que pude averiguar en la red una distopía es una utopía perversa en donde la realidad transcurre en términos contrarios a los de una sociedad ideal. Se usa como antónimo de utopía y se utiliza para hacer referencia a una sociedad ficticia emplazada en el futuro cercano, en donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos. En ciencia ficción, una distopía es un futuro hacia el que la sociedad actual muestra algún tipo de tendencia, como una tecnificación alienante o un uso belicista de los progresos científicos. ¿Qué tal?, pues suena bien la palabra y mejor su definición. Sin embargo, en adelante, no usaré distopía sino su acepción compuesta, es decir utopía perversa que me suena mejor... que me sabe como a princesita asesina o a mandarina venenosa. ¿O no?

Y todo comenzó hoy, es decir en el 213 a.C. con Qin Shi Huang, el Primer Emperador de la China quien en ese año firmó un decreto autorizando la quema de libros más grande –que se sepa– antes de la extinción de la Biblioteca de Alejandría, o de la hoguera armada por los nazis. Hablo de Qin Shi Huang al que hoy sábado 8 de agosto de 2009 History Channel le dedicó un programa de tres horas, el mismo que hace más de dos mil años emprendió la construcción de la Gran Muralla, y al que Jorge Luis Borges le dedicara tres Acasos:

«Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ése destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ése borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá”.

Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre.

Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan.» Otras Inquisiciones. Madrid. Alianza Editorial, 1997.

* * *

Hace años, en la UPTC, asistí a una conferencia en la que el “conferencista” quemó un libro. En realidad no fue mucho más lo que hizo, o dijo. Le preguntaron por qué había quemado el libro y contestó que porque ya lo había leído. Le preguntaron qué hubiese hecho si el libro leído fuera virtual, y no físico. El idiota no entendió la pregunta y después de que le hicieron el dibujo con plastilina contestó que no, que él no usaba computador, que esa era una máquina infernal. Aquel capullo de pirómano, al parecer, no compartía la utopía perversa que según algunos representa el mundo virtual y en la cual, de acurdo con autorizados ecos del apocalipsis, Mark Zuckerberg –el creador de Facebook– se ha erigido como el Gran hermano que maneja la información personal de millones de seres humanos.

Y, como en otras cosas, en este asunto existen varias perspectivas desde donde se puede considerar.

Digo yo a quienes se escandalizan por el uso que ladrones y bellacos dan a Facebook y a otras redes sociales como esa, en donde ubican a sus víctimas y recopilan su información. O cuando advierten sobre la propiedad de Facebook sobre todo lo que allí se suba.

Digo:

1. Si no quiere que se sepa, no lo publique.
2. Si no quiere que lo vean, no lo publique.
3. Si no quiere que se lo plagien, no lo publique.
4. Si no quiere que se lo roben, no lo publique.
5. Si no quiere estar en contacto, desconéctese… si puede.

Porque la red está ahí y atrapa. Se dice que cinco de cada 10 usuarios de Internet tiene, ha tenido, o podría llegar a tener una cuenta en Facebook. Y lo que ponga en esa cuenta será de Facebook aun cuando el usuario la cierre o, peor, así se muera.
Me pasa –como a todos– que a mi cuenta de Facebook llegan a diario sugerencias o solicitudes de amistad. El otro día recibí una de Rafael Chaparro Madiedo, el autor de Opio en las nubes, una de las mejores novelas escritas y publicadas en Colombia en las últimas dos décadas, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1992, y… ¡claro que me hubiese gustado aceptar y ser amigo de Chaparro Madiedo!, así fuese de manera virtual, así nunca nos hubiéramos estrechado la mano… pero la pendejada está en que me llegue esa invitación cuando el Lupus ya lo mató hace catorce años. Entonces apago el computador y busco a Pink Tomate, a Sven a Gary Gilmour y me hago amigo de ellos –amigo de verdad–, o me voy al baño con Amarilla y soy feliz.

Aparte de ese tipo de inconvenientes, por ahora no tengo otros problemas con Facebook y lo que allí subo o bien ya está publicado, o bien ya está en la basura… así que…

Pero regresemos al Primer Emperador del que no quiero decir nada más de lo ya dicho por Borges; solamente recordar su ataque de piromanía para relacionarlo con la utopía perversa del Gran hermano.

No sé a qué temperatura arderá Internet, pero a los Qin Shi Huang, a los nazis, a los dictadores y miopes del presente y del futuro, les va a quedar un poco más difícil preservar la buena salud, la cordura –o lo que sea– de la sociedad, pues en Facebook, en un blog, en un periódico virtual o través del correo, entre otras muchas formas, hoy es posible publicar aquello que se piensa, así se lo roben, lo que ya sería significativo pues señala su valor. Y ese es el destino de esta botella al mar que de mis manos cae al mar de los Sargazos de la utopía perversa, y que cierro con una frase de Sigmund Freud, quien al enterarse que los nazis habían quemado sus libros exclamó: «¡Cuánto ha avanzado el mundo: en la Edad Media me habrían quemado a mí!»

Artículo publicado en el Periódico Con-Fabulación, No. 100, Agosto 10 de 2009

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TALIÓN

>> julio 02, 2009

Hans Baldung Grien, "El escudero"


Talión

I


–¿Qué hora es, María? –preguntó el hombre, y ella, sin levantar la cabeza, sin consultar el reloj de pulso que refulgía en su muñeca, respondió:

–Son las tres de la mañana –y su voz sonó como si viniera de un hueco, fría, sin el dejo cristalino que siempre la había caracterizado. En el mismo tono añadió–: ¿Tienes miedo?

–¿Miedo? –respondió él, sintiendo las palabras de María como canalones de hielo sobre su cuerpo–. ¿Miedo yo que he sido el rostro que muchos han visto por última vez? –dijo, tratando de ser mordaz, pero su voz fue apenas el eco pálido de su acostumbrada manera de hablar.

–¿Y si no tienes miedo –dijo María– por qué no te levantas y los enfrentas? En la habitación el silencio se hizo sólido, palpable.

Una lápida muda cubrió la escena: ella, semidesnuda, sentada en el suelo; y él, tendido en la cama, fumando, mirando al techo como si las sombras de los árboles que entraban por la ventana y formaban figuras amorfas en el cielorraso le fueran a dar alguna solución. Un minuto, dos, tres, quizá un solo minuto repetido muchas veces, se deslizó sobre ellos…

–¿Has escuchado ladrar al Capitán? –preguntó el hombre, pero María no respondió.

–¿Lo has escuchado, María? –volvió a preguntar. Su voz fue una súplica.

–¿Tienes miedo…? –dijo ella, vacilante, intentando alzar la cabeza para mirarlo de frente–: ¿Por qué no te levantas y los enfrentas? –preguntó, con desdén, como si ya no le interesara la respuesta y sólo hablara para romper el silencio que los cercaba como un muro–. ¿Qué pensaría Juan si te viera? –añadió.

–A él no lo metas en esto –contestó el hombre, hosco, y esta vez su voz sonó firme–: Sí –dijo, en el mismo tono.

–Si qué –preguntó ella.

–Si me voy a levantar –contestó él.

Si me voy a levantar… Si me voy a levantar… Si me voy a levantar…–repitió durante el resto de una larga noche que cada vez fue más oscura.

–El Capitán ladra desde hace horas –dijo María, con la cabeza entre las rodillas, resignada.


II


–¡Juancho! Alcánceme un trago que esta noche tengo motivos para celebrar –dijo el hombre de negro, y el muchacho, un jovencito como de unos doce años, solícito, le alcanzó media botella de aguardiente y dos vasos.

–¿Y ese quién es, compadre? –preguntó el otro hombre, un paisano de barba espesa y sombrero calado al estilo de la gente del piedemonte, que acababa de llegar a la hacienda.

–Es mi hijo, creo –dijo el enlutado– o por lo menos debería haberlo sido, pero eso no importa, hable tranquilo que yo respondo por él. ¿Dígame, cómo estuvo el asunto? ¿Cuánta gente llevó?

–Fui solo –contestó el de barba–. Y podría haber ido con una mano amarrada a la espalda y las cosas habrían salido igual. Ese tipo era un cobarde –añadió.

–Cuidado con lo que dice, no sea que se equivoque –señaló el hombre de negro–. Sé que ahora tiene razones para decir lo que dice, pero no se le olvide que ese cobarde era uno de los hombres más temidos de por aquí.

–Eso lo sé, patrón, discúlpeme –contestó el de sombrero, dejando traslucir humildad en su voz–. Si hasta yo mismo le tenía miedo –complementó.

–Tómese otro trago, y cuente los detalles…–dijo el oscuro apurando su vaso de aguardiente.

–El tipo no opuso resistencia; el único que protestó fue el perro, un gozque grisáceo con unos ojos rojos como de diablo…

–¿Y María? –interrumpió el otro–. ¿María no opuso resistencia?

–¿La mujer? –preguntó a su vez el barbado, gozoso, bebiendo el aguardiente despacio, como si lo rumiara–. La mujer fue lo mejor de todo –dijo, contestándose la pregunta–, mire compadre que hace rato no la pasaba tan bien con una hembra. Y como usted había dicho que quería que el tipo sufriera la cogí ahí mismo, en el piso, mientras él nos miraba desde la cama, sin hacer nada, sin decir nada; sólo me pidió que lo dejara fumar y yo lo dejé fumar, incluso por momentos dejé de apuntarle con la pistola pero el tipo parecía no darse cuenta de nada, solamente miraba el humo que subía y se filtraba por el cielorraso, como si ya estuviera muerto antes de que lo matara.

–¿Y ella?

–Ya le digo compadre, ¡buenísima!...

–¡No hombre! –dijo el hombre de negro, fastidiado–. ¿Ella no opuso resistencia?

–Perdone, patrón –contestó el de sombrero, adoptando la misma expresión humilde de antes–, lo que pasa es que todo está muy reciente, y de solo acordarme me emociono.

–¡Dígame! ¿Opuso resistencia? –exclamó el enlutado, colérico.

–No señor –contestó el otro–, ella participó del asunto sin estorbar mucho. Hasta por momentos sentí que lo disfrutaba, o que simulaba disfrutarlo, porque gemía no de gusto sino como para fastidiar al tipo que seguía tendido en la cama fumando.

–¿Y cómo terminó todo? –La voz del hombre de negro, seca, cayó sobre la noche.

–Con el cuchillo, compadre… ¿cómo más iba a ser? –dijo el del sombrero calado, orgulloso, y una luminiscencia maligna fue de sus ojos a la cacha del puñal que acarició con fruición–. Un trabajo limpio –dijo, paladeando cada palabra–; primero ella, ahí mismo, en el rincón donde la tomé… quedó sentada, con la cabeza entre las rodillas y una gargantilla roja naciendo de su cuello. Después le tocó a él (sus ojos brillaron con más fuerza), casi de la misma forma… un solo tajo en la cerviz, suave, tan limpio que me dio la impresión de que aún después de muerto había seguido fumando…

–¡Ya, ya!, es suficiente –dijo el enlutado, levantándose–. ¡Juancho! –llamó– y el muchacho salió de la sombra, no como si viniera de otra habitación, sino como si se hubiese materializado ahí mismo, al lado de los dos hombres, como si invisible hubiera estado asistiendo a aquella conversación–. ¡Juancho!, traiga otra media y alcánceme el maletín que está sobre mi escritorio. Y antes de que el enlutado reanudara la charla, el jovencito ya había cumplido con el mandado.

–Tome su plata, que bien ganada se la tiene.

–Gracias –contestó el barbado, guardando el fajo de billetes. Pedigüeño, añadió–: ¿No me va a dar una propina por lo del perro?

–¿Cuál perro?

–Pues el que había en la casa; el gozque de ojos rojos que como le comentaba fue el único que opuso resistencia –dijo el de sombrero, y la luminiscencia en sus ojos se renovó–. Cuando llegué a la casa hice unos tiros de advertencia, desde diferentes extremos, para asustarlo, luego le grité: “¡Venancio Cuevas, salga, que venimos a matarlo!”, dije “venimos” para que pensara que había ido con mi cuadrilla. “Nos manda su antiguo patrón”, complementé, para que supiera que la muerte se la quedaba debiendo a mi compadre. Pero el tipo no salió. El que respondió fue el perro que brotó de la sombra y se prendió a mi carcañal; mire como me volvió –dijo, levantándose el pantalón y mostrando la mordida– y no es por las heridas sino por el escándalo que hizo; ladraba como una jauría y me puso nervioso. Le cogí la jeta y se la abrí, hasta matarlo con mis propias manos…

–¿Y el cuchillo? –preguntó el de negro.

–Aquí lo tengo compadre –contestó el barbado sacando el puñal y colocándolo sobre la mesa.

–¡No hombre!, le pregunto que por qué no usó el cuchillo para matar al perro.

–¡Ahh… ya entiendo –dijo, apenado–. No, compadre, el cuchillo sólo es para la gente.

Bebieron otro par de vasos de aguardiente. El barbado recogió el puñal y la propina que el hombre de negro le dio por lo del perro. Se despidieron con un abrazo.

–Hasta la próxima –dijo el oscuro.

–Hasta la próxima, compadre –contestó el de barba, se acomodó el sombrero, y salió.
El muchacho lo vio alejarse, y en sus ojos brilló una luz muy parecida a la luminiscencia feroz que había visto brillar en los ojos de aquel hombre. Un reloj, a lo lejos, marcó las tres de la mañana con tres mustias campanadas que nadie escuchó.


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© Carlos Castillo Quintero

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