septiembre 03, 2009


Contra el agua, días de fuego.
Contra el fuego, días de agua.

Octavio Paz, Calendario.


Por: Carlos Castillo Quintero

A partir de 1915 Mariano Azuela, médico militar de las fuerzas revolucionarias de Julián Medina, comenzó a publicar por entregas su novela Los de abajo, reunida como libro hacia 1917. Se inicia entonces lo que se ha llamado la novela de la revolución con gran auge a partir de 1931 con Vámonos con Pancho Villa la primera novela de Rafael Muñoz y La asonada de José Mancisidor, pasando por obras fundamentales como Memorias de Pancho Villa (1940) de Martín Luis Guzmán y Se llevaron el cañón para Bachimba (1941) de Rafael Muñoz; hasta llegar a novelas contemporáneas como Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, entre muchas otras. En estas novelas los escritores mexicanos dan razón de lo que pasó en su país durante las tres décadas de la dictadura de Porfirio Díaz; del desarrollo del movimiento revolucionario iniciado en su contra en 1910 con figuras míticas como Francisco Madero, Pancho Villa o Emiliano Zapata y, finalmente, sobre lo sucedido después de 1917 con la promulgación de la Constitución Revolucionaria que aún hoy tiene vigencia (1).

Sesenta años después de la revolución, en 1981, Carlos Fuentes publica Agua quemada, cuarteto narrativo (2) libro en el que enfrenta al pasado con el presente de la sociedad mexicana, en un juego de espejos fraccionados que ya antes había manejado con maestría. El cuarteto lo integran los relatos “El día de las madres”, “Estos fueron los palacios”, “Las mañanitas” y “El hijo de Andrés Aparicio” que responden a una estructura de filigrana en donde la línea vital de los personajes en ocasiones se entrecruza y en otras mantiene una paralela que configura el espacio de las acciones, constituyendo un corpus narrativo que algunos estudiosos han clasificado como novela (3). Así, el general Vicente Vergara del primer relato, paga la renta de doña Manuelita su antigua sirviente y personaje del segundo; Federico Silva, el aristócrata del tercer relato, es el casero de doña Manuelita; y en el último relato el abuelo de los Aparicio, don Bernabé, se devela como el antiguo ayudante de campo del general Vergara.

Por su riqueza literaria y su vínculo directo con la novela de la revolución, vamos a ocuparnos de “El día de las madres”, el primer relato del libro. Allí se reúnen tres generaciones y con ellas a gran parte de la sociedad mexicana del siglo XX representada por el general Vicente Vergara, veterano de las guerras revolucionarias; por su hijo el licenciado Agustín Vergara, aristócrata de una clase social emergente; y por Plutarco Vergara, el nieto, niño rico asiduo de casas de putas, quien es el narrador y relata desde un presente que dista algo más de una década del presente de la narración, pues cuando se dan los hechos tiene 19 años y cuando los narra ya ha cumplido 30.

La incomunicación es una constante en los personajes. El viejo general no habla con su hijo Agustín, y éste apenas habla con Plutarco. El general vive en el pasado, en la revolución; el licenciado es un figurín de la escena social de la capital… “un guevón que se encontró con la mesa puesta” (p.21), y el nieto está inmerso en una crisis de personalidad que habrá de llevarlo hacia su “liberación”.

Estos tres varones literarios, representantes del México moderno, jalan el relato con la ausencia total de sus mujeres: la abuela Clotilde “que sí sabía llevar una casa” (p. 40) y Evangelina, la madre de Plutarco, “una huila” que deshonró al hijo del general. La ausencia, “la mutilación”, se convierte entonces en otra constante de este primer relato ─y de todo el libro─ y a ella alude su título: “El día de las madres”, ya que estas madres sólo son una tumba en el Panteón Francés a la que los Vergara llevan flores todos los 10 de mayo.

Pero quizá lo de mayor relevancia en este relato se resuma en el pedimento que el nieto hace al general mientras le ayuda con su baño. Dice Plutarco: ─No quiero quedarme fuera del dolor, abuelo. (p. 26). Ya antes había dicho: ─Me hubiera gustado castrar a alguien, como usted… (p. 23). Así, se configura la infancia de México como nación, y la de otros países latinoamericanos que arriban al siglo XXI con el dolor y la violencia como su herencia natural.

Y es aquí cuando se valida la figura de Pancho Villa, el campesino que se convirtió en caudillo de la revolución. Otro alzado contra la dictadura, contra el Gobierno, el hambre, la injusticia. Doroteo Arango Aránbula quien decidió llamarse Pancho Villa pero que podría haber elegido otro nombre: Naun Briones, el ecuatoriano; Guadalupe Salcedo o Dúmar Aljure, los colombianos; o apodarse El Tilcuate, igual que el revoltoso personaje de Rulfo; o pertenecer a la estirpe condenada de militares tristes que se inicia con Aureliano Buendía. No, se llamó Pancho Villa y hace un siglo viene ganando y perdiendo guerras en todos los países latinoamericanos.

Escuchemos la reminiscencia que el general Vicente Vergara hace de Pancho Villa, y que comparte con su nieto:

«─Óyeme, chamaco, una cosa era Villa cuando salió de la nada, de las montañas de Durango, y él solito arrastró a todos los descontentos y organizó la División del Norte que acabó con la dictadura del borracho Huerta y sus Federales. Pero cuando se puso contra Carranza y la gente de ley, ya fue otra cosa. Quiso seguir guerreando, a como diera lugar, porque ya no podía detenerse. Después de que Obregón lo derrotó en Celaya, el ejército se le desbandó a Villa y todos sus hombres volvieron a sus milpas y a sus bosques. Entonces Villa fue a buscarlos, uno por uno, a convencerlos de que había que seguir en la bola, y ellos decían que no, que mirara el general, ya habían regresado a sus casas, ya estaban otra vez con sus mujeres y sus hijos. Entonces los pobres oían unos disparos, se volteaban y miraban sus casas en llamas y sus familias muertas. “Ya no tienes ni casa, ni mujer, ni hijos ─les decía Villa─ mejor síguele conmigo.”» (p. 15).

Mejor síguele conmigo, a ese llamado había atendido el general Vergara durante décadas “pues anduvo con todos y a todos sirvió, por turnos” (p. 16) y a todos sobrevivió. Hombre recio que perdió su fortuna amasada en los tiempos de la revolución por confiar en su hijo, el licenciado Agustín, que cambió la vocación de la tierra y se puso a cultivar amapola, a traficar con heroína, a confiar en los gringos… El general Verga-ra que berreó como un infante al perder su única y quizá última batalla contra la oruga dispuesta que le aguardó durante más de media hora entre las piernas de la Judith, una veterana virgencita de la casa de la Bandida a donde lo llevó su nieto, Plutarco, el mismo que hizo bautizar con ese nombre en honor al jefe máximo de la revolución, don Plutarco Elías Calles, su nieto imberbe que sí se cogió a la Judith, en sus narices, mientras los mariachis entonaban el “Siete leguas”, el caballo más querido de Pancho Villa.

Así, en “El día de las madres”, Fuentes traza el mapa de la sociedad mexicana contemporánea y de “México, ciudad voluntariamente cancerosa” (p. 37).

Se han ganado y perdido batallas, guerras, gentes… Pancho Villa va y viene de un extremo a otro de Latinoamérica y para qué… “como el coño de la puta Judith, que usted ya no se pudo coger y yo sí y para qué, abuelito.”(p. 37).

¿Para qué?

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(1) Esta narrativa tendría su equivalente en la literatura colombiana en la denominada novela de la Violencia, con obras como El Cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón, La mala hora (1962) de Gabriel García Márquez, El día señalado (1964) de Manuel Mejía Vallejo y Cóndores no entierran todos los días (1972) de Gustavo Álvarez Gardeazábal, entre otras.

(2) Carlos Fuentes, Agua quemada, F.C.E. México, 1981.

(3) Ver: Marina Gálvez Ácero, Agua quemada, imagen de la desintegración actual de la estructura lógica del proceso histórico-cultural mexicano. En: Anales de literatura hispanoamericana, núm. 13. Ed. Univ. Complutense, Madrid, 1984.



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