enero 31, 2012

"Mujer caníbal con niño" . Escultura de Lheonard Kern
Por: Carlos Castillo Quintero


Prójimo. (Del lat. proxĭmus). m. Hombre respecto de otro,
considerados bajo el concepto de la solidaridad humana.

Prójima. f. coloq. Mujer de poca estimación pública
o de dudosa conducta.

DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA

Que el mundo está lleno de envidiosos, intrigantes, resentidos y bellacos no es ninguna novedad; redescubrirlo, sin embargo, no deja de ser fastidioso. Me refiero a esa tropa de inútiles que están pendientes de quién tiene, hace, dice o escribe algo para escupir su ponzoña.
A este asunto alude el filósofo Emile Cioran en una carta dirigida a su amigo y traductor Fernando Savater (fechada el 10 de diciembre de 1976), en la que sustenta por qué razón se niega a escribir sobre Borges, ese monstruo magnífico y condenado. Dice Cioran que el célebre escritor argentino “Merecía algo mejor. Merecía haber permanecido en la sombra”. Porque un autor al que todo el mundo cita, bien sea para apoyarse en él, para exaltarlo, o para rebatirlo, está condenado a ser el banquete gratuito de una infinita e infame lista de apestosos comensales. Porque “la consagración es el peor de los castigos”, afirma el filósofo de la podredumbre, áureo perfume que exacerba el apetito de hienas, chulos y otras especies carroñeras inhábiles para atrapar su propia comida, reconocimiento, o celebridad. “No asome la cabeza, mijo  —advierten las abuelas en mi pueblo natal— porque se la bajan”. Así somos.
Y ese vicio de “Comer prójimo” —en el sentido literal, pero también en el metafórico— es una tarea que se cumple, con juicio, desde hace milenios. La Literatura, notaria del trajín de los hombres y los dioses, da testimonio de ello.
Ovidio en las Metamorfosis narra, entre otras ingestas, el banquete de hijos que se prodiga Cronos. Y si se tienen ganas de pesadilla, brujas caníbales abundan en los cuentos infantiles. Baste recordar la que se dedica al engorde de Hansel, mientras obliga a Gretel, la hermanita del cebado, a que se ocupe de limpiar la casa.
¿Por qué la bruja —me pregunto— se quiere comer al muchachito, y no a la niña? ¿Será que también hace parte de la Real Academia Española de la Lengua que establece tan radicales diferencias entre uno y otra? Ya que, como queda bien claro en el epígrafe del presente escrito, para esa Academia —vaya uno a saber por qué— una cosa es el prójimo y otra muy diferente la prójima. Puede inferirse entonces, que una comida de prójimo tiene que ver con la solidaridad humana (¡Cómase un amigo, sea solidario!), mientras que un banquete de prójima es muy distinto, y mucho más nutritivo a mi manera de ver.
Otra comilona literaria en donde el plato único son los seres humanos, es la de los náufragos de Las Aventuras de Arthur Gordon Pym (1838), novela de Edgar Allan Poe donde cuatro supervivientes dejan que el azar decida quién de ellos debe sacrificarse para que los demás coman. Pasa igual con unos silenciosos, aristocráticos y mutilados seres de Chesterton, en un perturbador cuento en donde los asiduos de un exclusivo (aquí adquiere toda su dimensión esta palabra) club londinense comparten un secreto destino: han coincidido en un naufragio y cada uno, cumpliendo con un pacto de ultramar, ha entregado alguna de sus extremidades como alimento comunitario, único requisito para acceder a esa membresía.
Más crudo y directo es “La carne” (Cuentos fríos, 1944) breve relato del cubano Virgilio Piñera, en donde el protagonista ante la escasez y carestía de la carne de res, un día decide cortarse un pedazo de nalga y lo pone en el asador. El delicioso aroma atrae a sus vecinos y horas después todos preparan suculentas cenas con su propia proteína. En el Silencio de los inocentes (1988), novela de Thomas Harris, de la que conocemos la saga de películas protagonizadas por Anthony Hopkins encarnando al macabro Dr. Hannibal Lecter, el canibalismo se erige muy cerca de las bellas y delicadas artes.
Roberto Rubiano Vargas, en Nouvelle cuisine (Cincuenta agujeros negros, 2008)  —acabada pieza de relojería literaria— lleva hasta el paroxismo el placer de la mesa y si bien no especifica el menú del prestigioso restaurante al que va su protagonista, sí deja muy claro que allí se desencadena, a diario, una cacería de gentes y que algunas de ellas posiblemente terminan en la olla.
Otro colombiano, el poeta Juan Gustavo Cobo Borda, prefiere los metafóricos placeres de la Necrofilia (así titula su poema), dice: “Una de sus características era lograr que cualquier / nueva relación terminase conviviendo con los cadáveres / de sus antiguos fracasos sentimentales… / Por ello todas las cartas de amor y desamor quedaban / promiscuamente confundidas en la misma caja y todas / las fugas hacia la dicha concluían en la ciudad ya visitada…”. Es decir “comer del muerto”, así éste sea el propio corazón amante.
No se puede omitir la súplica que en el Diario de un Loco (Lu Xun, 1918) deja plasmada su paranoico protagonista, dice: Tal vez existan niños que aún no han comido carne de hombre. ¡Salvad a los niños!
Y para terminar —luego de estas literarias y literales comilonas de prójimo— retomemos la putrefacción incubada en el alma de los envidiosos que devoran a sus semejantes usando su redomada lengua, para lo que invoco la ayuda de Jotamario Arbeláez, el sobreviviente príncipe del nadaísmo, quien en una de sus recientes columnas publicada en El Tiempo clama, ora, exclama, llora un par de renglones a los que algunos bien podríamos acogernos. Dice el poeta caleño:
"No le deseo el mal a nadie, ni siquiera al Mal mismo ni al Maldito que lo reparte. Sólo que me hago de lado cuando pasa un mal viento. Escribo como un ángel con las plumas que arranco de mis dos alas, y me río de los críticos que apuntan que no sé hacer un verso, cuando el palacete que habito lo levanté con mis premios de poesía." Amén.

enero 24, 2012


                                                                                                             
                                                                                                               Por Carlos Castillo Quintero
Le pregunté a Juanjo —que tiene 14 años— cómo le había ido en su primer día de colegio, y me respondió: “Fue como viajar al pasado”. Así, lo que apenas era un saludo convencional, se convirtió en un sugerente vínculo a una de las obsesiones recurrentes de la Humanidad: los viajes en el tiempo.              

Y ya me disponía a plantarle charla sobre La máquina del tiempo (The Time Machine) la novela de H. G. Wells, publicada por primera vez en Londres en 1895, cuando mi adolescente interlocutor complementó su frase inicial: “Pero a un pasado aburrido”, dijo.   

Había tenido clase de “Castellano” durante todo el día; es decir el profesor de esa materia fue nombrado como director del curso y por esa razón los “anestesió con su labia” (eso dijo Juanjo) en esa inicial y trituradora jornada. Le pedí que me explicara un poco cómo fue el asunto del “viaje al pasado” y, a grandes líneas, esto fue lo que me contó:       

El aludido profe tiene unos 55 años, se viste igualito a Mr. Bean y usa bigotes como los de  Federico Nietzsche. Durante la primera hora dejó bien claro que él era un “intelectual”, es decir un hombre hecho de ideas, una conciencia razonante. También habló de su formación, se refirió a la “autopista académica” que le ha permitido ocupar el puesto que hoy ocupa (es decir profesor de “Castellano” en Octavos y Novenos) y dejó claro que el tipo de cultura que él encarna es uno de los requisitos básicos para triunfar en la vida… (Para hacer esta descripción Juanjo consultó varias veces su libreta de apuntes). “El cucho está loco —afirmó el viajero en el tiempo— ya hacia el final de la clase dijo que él había declinado la escritura de su Obra Maestra por dedicarse a la docencia, tiene huevo”.   
Y es que todo lo que el profesor expelió bajo su bigote nietzscheano durante esa primera clase, nada tiene que ver con los intereses de Juanjo: él toca guitarra eléctrica, mantiene un blog en donde semanalmente habla de las mejores bandas de Thrash Metal, juega Deus Ex: Human Revolution tres horas diarias, pero ante todo es un gran lector. En su mochila, durante las vacaciones, cargó con The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde novela de Robert Louis Stevenson que está releyendo (en inglés, idioma que maneja bien) porque quiere extractar de allí la letra para unas canciones.        
           
Y mi interlocutor, que bien podría no llamarse Juanjo sino Sergio, o Sebas, o Milena, o Nata… representa —quizá— a los adolescentes que estudian bachillerato, muchachos que llegan al colegio y soportan la neurosis y otros trastornos de somatización de sus profesores, y son blanco de la declinación de la secreción de estrógenos de sus maestras y, como si fuera poco, tienen que cargar con las frustraciones creativas, sociales y hasta económicas de quienes los tienen atrapados por más de ocho horas diarias en un aula de clases. “Cuchos”, es decir seres de una era anterior que se negaron a evolucionar, representantes del Siglo XX que usan trajes medievales y no se han enterado de los cambios radicales que determinan la sociedad contemporánea. 
                            
Y no es que no tengan nada que enseñar, ni mucho menos. O que un viaje al pasado no sea una excursión deseable (El Dr. Jekyll y Mr. Hyde son un buen ejemplo). No señor. El asunto es que lo que enseñan está anclado en valores y metodologías caducas, y el viaje que representan es “aburrido”. Viajar a través del tiempo —dicen los físicos— es un concepto de desplazamiento hacia delante o atrás en diferentes puntos. Y ese “desplazamiento” sugiere el abandono de posiciones ruinosas como el abusivo ejercicio de la autoridad que muchos docentes, en pleno Siglo XXI, siguen enarbolando como su único argumento.   
          

enero 21, 2012



                                                                                        Por: Carlos Castillo Quintero
Hacia finales del año pasado Camilo Jiménez, editor y profesor universitario, renunció públicamente a su cátedra de periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana aduciendo como razón principal que sus alumnos no eran capaces de escribir un párrafo sin errores. Dice el maestro que “No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen”. Esta renuncia causó todo tipo de reacciones entre académicos, estudiantes y periodistas, y en los principales diarios del país se publicaron réplicas con argumentos a favor y en contra. Es decir que se puso sobre el tapete (la web, mejor) una vieja discusión en torno a la calidad de la educación en Colombia, la pertinencia de los contenidos y metodologías de enseñanza, el perfil de los egresados, el perfil de los docentes y su capacidad de estar a tono con las nuevas tecnologías e interactuar con los Nativos Digitales, es decir con sus estudiantes quienes han desarrollado en su dedo pulgar una velocidad (y una habilidad) que una persona mayor de cuarenta años no tiene y no entiende. Hace cerca de dos millones de años el Homo habilis predecesor del Homo sapiens ya, con ese mismo dedo, había iniciado una transformación que lo hizo andar en dos patas y lo dotó de un cerebro muy superior al de otros primates.                           

Pronto comienza un nuevo año académico, los colegios y las universidades reinician labores, y muchos de los que participaron en la polémica desatada por la renuncia del profesor Jiménez, quizá ya ni recuerdan de qué trataba el asunto. Pero la discusión y la problemática aludida siguen presentes. El escritor valluno Julio Cesar Londoño, en una carta pública dirigida al renunciante le señala que “Decir que la mayoría de los estudiantes son estúpidos es tentador pero inexacto: la mayoría es normal, ni genio ni lerdo, como Gauss y su campana enseñan. Lo mismo vale para los profesores. La mayoría no son tan buenos como usted, pero tampoco son tontos”. Es decir que Londoño dictamina un empate técnico, quedamos en tablas. El joven periodista Daniel Pardo también le escribió al profesor Jiménez, le dice: “Entiendo su indignación: es frustrante trabajar con gente incapaz de leerse un libro entero (…). A mí también me pasa: cada vez que chateo con mis amigos sufro. Pero hay algo que me hace seguir chateando con ellos: los tipos son unas lumbreras: saben de cine, de fotografía, de arte, de moda, de tecnología. Tal vez la gente de mi generación no sepa escribir, pero sabe diseñar, y pensar, y ver. Es gente curiosa, ecléctica. Yo le aseguro que Mark Zuckerberg no sabe escribir un resumen; pero vea lo que se inventó”. Es decir que Pardo –un Nativo Digital– deja el balón en el terreno de quienes, como el aludido fundador de Facebook, tienen muy bien desarrollado su dedo pulgar.              

Se cuenta que Abdul Kassem, consumado lector y gran Visir de Persia en el siglo X, llevaba consigo su biblioteca a donde quiera que fuera. Se dice que necesitaba unos 400 camellos para transportar los 117.000 volúmenes que la componían. Si el gran Visir viviera hoy no requeriría más que una tableta electrónica, una USB o un disco extraíble para transportar su preciado tesoro de letras y para leerlo necesitaría, eso sí, un pulgar bien habilidoso. Desde los tiempos de Kassem hasta hoy han transcurrido algo más de diez siglos y ya no se requiere de tanto camello. Así lo anticipa un capítulo de Futurama, serie de TV en donde Fry y sus amigos van a la Universidad de Marte y visitan la biblioteca; encuentran allí, sobre dos columnas jónicas, apoyados en unos cojines, todo su contenido: un disco DVD con la “Ficción” y otro con la “No ficción”. Es decir que, como dice la canción de Silvio, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. O caducos.              

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enero 07, 2012


Serie: "Ciudades invisibles". Kastill, 2011, Mixta.


Soneto XLI 

Desdichas del mes de Enero cuando el indiferente 
mediodía establece su ecuación en el cielo, 
un oro duro como el vino de una copa colmada 
llena la tierra hasta sus límites azules. 
Desdichas de este tiempo parecidas a uvas 
pequeñas que agruparon verde amargo, 
confusas, escondidas lágrimas de los días 
hasta que la intemperie publicó sus racimos. 
Sí, gérmenes, dolores, todo lo que palpita 
aterrado, a la luz crepitante de Enero, 
madurará, arderá como ardieron los frutos. 
Divididos serán los pesares: el alma 
dará un golpe de viento, y la morada 
quedará limpia con el pan fresco en la mesa. 



De: "Cien Sonetos de Amor" - Pablo Neruda

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