febrero 01, 2014


Todos amábamos a Monina Klevens
Y hay un espejo que te aguarda en vano.
 Jorge Luis Borges, Límites
I
Desde que cerraron la fábrica de vestidos para muñeca de Míster Klevens, él se la pasa en los parasoles del Marie Rogêt  jugando póker. Nosotros vamos a verlo porque es gringo, porque nos brinda de su paquete de Virginia Slim Rosé  y porque a veces nos regala monedas de veinticinco centavos de dólar. Eso decimos, pero en realidad vamos para ver a Monina.
            Monina Klevens es más grande que nosotros, está en sexto, y mata las tardes de calor nadando en la piscina del Club Social. A las siete de la noche baja, con el cabello todavía húmedo, y antes de que llegue a recoger a su papá nosotros la sentimos: Pequeño Alf se pone a silbar un tema de los Beatles, Germán comienza a sudar, yo enciendo el cigarro que me ha ofrecido Míster Klevens y antes de que ella bese la mejilla rosada de su papá ya estamos adentro, jugando billar.
            Germán, el mayor de los tres, ya cumplió dieciséis años y lo único que quiere en la vida es entrar a la policía para ser piloto de helicóptero. Primero quería ser ciclista pero desde que vimos el rostro ensangrentado de Lucho Herrera, cuando se cayó en la etapa del Tour entre Autrans y Saint-Étienne, le entró miedo.


Pequeño Alf se la pasa fumando bareta y le importa un carajo todo. Estudia porque su mamá lo tiene chantajeado con el cuento de que si le hace tener malos genios le va a dar el tercer ataque de trombosis, y se muere. El segundo ataque le dio hace como dos meses: nos fuimos en bicicleta hasta Zetaquira, y Pequeño Alf se salió de la casa con las llaves y dejó a todo el mundo encerrado. La mamá de Pequeño Alf está vieja, tiene la cara torcida y a todos nos da miedo de que de verdad se muera, por culpa nuestra.
Yo sólo quiero irme de aquí. Quiero ir a Nueva York a estudiar Artes, y ver a algún cantante famoso Mick Jagger, por ejemplocaminando por la Quinta Avenida cogido de la mano de una muchacha que lo mire como si él estuviese en una tarima, en mitad de un concierto (en mis sueños soy yo quien camina con Monina, y la mira); o a Bogotá para vivir con Enrique, mi hermano mayor, estudiar en la Nacional y pasar  las tardes con él, en Abbott & Costello, bebiendo cerveza y escuchando Rock and roll; y para acompañarlo a las reuniones del Sindicato. En últimas quisiera ir a Medellín para unirme a la tropa de Gonzalo Arango, pero el profeta hace años que se murió, y aquí ni siquiera hay dónde leerlo. Este pueblo es una cárcel sitiada por el Páramo del Vijagüal.
—Hola viejo —le dice Monina a su papá, en inglés, y sus palabras en mis oídos son pequeños aviones de papel.
Míster Klevens se despide de todos, sonriente, y se van. Nosotros salimos a la puerta del café y los vemos atravesar el parque: él, muy alto, caminando sobre sus botas de suela ancha, con sus pantalones caqui hasta la rodilla, como una jirafa feliz; y ella prendida a su brazo, segura, en sandalias, vestida con una bata estampada con pececitos de cristal que la brisa de la noche pega a su cuerpo. Se va levitando sobre los adoquines repletos de flores de ocobo.
Antes de irse, Monina voltea a mirar y sonríe: sus ojos verdes se detienen un momento en los míos —eso creo— y siento que me falta el aliento, el sol que hace más de una hora se ha ido vuelve a entrar por las ventanas del billar, y siento que brilla más que nunca, y esa noche fijo no puedo dormir. Entonces le echo la culpa al millón de luciérnagas, al griterío que arman amándose en el solar de mi casa, en el reverso de la lluvia, como caníbales.
II
Cuando llueve, este pueblo es el más miedoso de la Tierra. Antes del aguacero las golondrinas revoletean en la parte de arriba del cielo; los copetones van de un árbol a otro, conversan, y en familia se recogen en sus nidos. Las ratas de monte —negras y pardascorretean entre los cafetales, salen de los restos de maíz, emergen del empedrado del Camino Real, brotan de la labranza y uno llega a pensar que por aquí hay más ratas que gente. Las viudas preparan olletadas de tinto y se meten entre las cobijas a escuchar por radio las aventuras de Arandú el Príncipe de la Selva, a dormir, a pensar en el amor —a solas—, y a soñar que los muertos están definitivamente muertos, o bien dormidos, y que esa noche no vendrán.
Aquí, en este pueblo, la lluvia no crece como los niños en el vientre de su mamá, o los geranios en las macetas, sino que comienza de una sola vez: las esclusas del cielo se abren y toneladas de agua caen sobre las tejas de barro, sobre las tejas de zinc, sobre las tejas de eternit, en gavilla, y arman un alboroto de los mil demonios.
En días como esos, los asiduos del Marie Rogêt  van al mezanine del café y desde allí ven cómo la lluvia castiga los parasoles, busca las acequias del parque y se precipita hacia la plaza de mercado arrastrando las flores de ocobo: las blancas, las rosadas, las amarillas, todas… como si bien abajo, en el río, alguien estuviera preparando un perfume y hubiese hecho un pedido urgente.

El viejo Basilio el dueño del café— que es aficionado a los cuentos de Edgar Allan Poe, cuando llueve duro no presta ningún juego. En esas ocasiones apaga la rocola, saca un viejo ejemplar de «Narraciones extraordinarias» y se pone a leer en voz alta: hace genuflexiones, brota los ojos, manotea, cambia el tono de la voz…  tratando de meterle miedo a su auditorio. A quien no lo escuche, no le vuelve a dar servicio en el café, lo condena al exilio del Marie Rogêt  que es como si lo echara del pueblo, o por lo menos deja de fiarle por un tiempo. Míster Klevens es el único que no lo escucha, impune. Él se queda abajo, ubica una mecedora en la puerta principal, y, en silencio, bebe whisky, fuma un Virginia Slim Rosé  tras otro, y sus ojos se van con la lluvia, más allá del parque, de la plaza de mercado, del río… Van y se quedan en Saint Lois, en un viejo navío sobre el Mississippi, en los ojos de una mujer que amó, y que tenía la misma mirada feliz de Monina cuando camina tomada de su brazo.
III
Son las seis de la tarde. Es domingo, día de mercado. Fin de mes y llueve. Y cuando llueve en este pueblo, la nariz se le atranca a uno con el olor de la lluvia, que es igual de espeso que el olor del miedo. Temes entonces por lo que pueda bajar de la montaña cabalgando sobre el agua: cuerpos, cabezas, torsos, brazos, uñas todavía atrapando su último ramalazo de luna. Temes, y no sirve de nada cerrar los ojos, menos lanzarse en paracaídas al canto de tu mamá: ella también está asustada porque sabe mejor que tú que mezclado con el torrencial —y con el miedo— llega el olor de la sangre que doblega los pulmones, penetra, ataca, jode, y te pones mal. Es domingo y del cielo cae una balacera de agua que acobarda hasta a los perros gordos y matones que cría el papá de Germán para que le cuiden la finca.
Y uno siente que de verdad se va a acabar el mundo, que todo está perdido, que ya nunca voy a desayunar contigo, Monina, leyendo prensa, bebiendo café, escuchando Led Zeppelin o Pink Floyd mientras nuestros hijos de cachetes rosados como los de tu papá, dan tumbos sobre la alfombra —todos felices— allá, en nuestro pent-house de la Quinta Avenida, en las alturas, apartados del ruido y el afán.
IV
Llueve y los árboles tiemblan. Mi mamá tiene miedo y al igual que las viudas escucha radio —pegada al tubo del lavadero, para que la emisora sintonice mejor— esperando que Arandú  la salve. Porque es domingo. Fin de mes y llueve y todos sabemos que mi papá en días como hoy toma, y cuando escampe de pronto se le ocurre venir. A mí, al verla temblar, me dan ganas de volar, allá, a la parte de arriba del cielo en donde se la pasan las golondrinas, para que apenas empiece el torrencial pueda subir, subir hasta desaparecer, como ellas.
Pero hoy no tengo miedo, como esa noche. También era domingo. Fin de mes. En la mañana con Jefer, Nelson, Pequeño Alf y Germán habíamos estado jugando banquitas. Después, con mis hermanas, fuimos a matiné, al Teatro Esquivel, y vimos «Santo y Blue Demon contra el Doctor Frankenstein». Ya entrada la tarde recogimos los canastos con el mercado y nos fuimos para la casa. Por la noche, borracho, llegó él y porque intenté defender a mi mamá, o simplemente porque se le dio la gana, con el cuchillo de la cocina me cortó una oreja. No me duele el muñón, ni el “chino marica” que esa maldita noche escupió en mi rostro, tampoco me molestan las burlas de mis compañeros de curso. Lo que odio es su risa, y me duele que las matas de mirto hayan sido sus cómplices y que no me devuelvan la oreja.
Hoy me siento más fuerte que Blue Demon y quiero que venga, para que mi mamá ya no tenga que temblar nunca más.
V
Después de que lo encontraron muerto, ahogado en la Mocacía, mi mamá pudo entrar a trabajar en la fábrica de vestidos para muñeca de Míster Klevens, y le fue bien. Ahora que era viuda se puso linda, como cuando joven, y no volvió a escuchar en la radio las aventuras de Arandú el Príncipe de la Selva, ni a tener miedo. Pero al año siguiente cerraron la fábrica y Enrique se la llevó a vivir con él, en Bogotá. Y todos nos fuimos del pueblo y no regresamos jamás.

Allá quedaron los amigos que siguieron creciendo, y se hicieron hombres para alimentar la peste de asesinos que escudados en la lluvia y el petróleo llegaron años después. Quedó la colección completa de las historias de Tintín que, por turnos, leíamos en la Biblioteca María Morales. Quedó la sombra macabra reflejada en el estanque de patos de la cruz de roble que un alcalde mandó plantar en mitad del parque principal, custodiada por los ocobos, para celebrar las matanzas de la Violencia. Quedó Kalimán enseñándole al pequeño Solín que quien domina la mente lo domina todo, Tío Rico y sus tres sobrinos, Memín, Batman, la Mujer Maravilla y todas las demás historietas que después de que cerraron la fábrica y mi mamá se quedó sin trabajo nos dieron para comer. La Cuentería  que montamos fue el único lugar que durante unas semanas —del último año que vivimos en el pueblo— llegó a ser más concurrido que el Marie Rogêt  en donde Míster Klevens, más fiel que todo el mundo, siguió sentado en la mecedora, viendo llover, bebiendo whisky y fumando sus mentolados que, en un paquete marcado cuidadosamente con caligrafía de mujer, le llegaban por correo todos los meses desde Saint Lois. Esas semanas fueron las del Tour de Francia del 85 cuando Fabio Parra y Lucho Herrera hicieron el doblete y pasaron la meta, tomados de la mano, en la etapa de Lans-en-Vercors. En la Cuentería  vendimos los cromos del Tour, y las fichas más apreciadas eran las de los integrantes del Equipo Varta-Café de Colombia. En ese año hasta el viejo Basilio llenó álbum.

También quedó todo aquello que no te dije, Monina. Quedó el piropo que ahogué en mis intestinos porque pensé que jamás ibas a querer a alguien como yo, pobre y sin oreja. Si hubiese reunido el valor suficiente, te hubiera esperado a la salida del Club Social y te habría dicho: Tú eres mi media naranja mecánica perfecta, pronunciando cada palabra con voz de duro. Ya de novios —mientras te dibujo saliendo de la piscina, de medio lado, secándote el pelo con una toalla, o saltando en un solo pie para que el agua salga de tu oído— te habría contado de mis deseos de estudiar Artes, de mi odio irracional por los perros chiquitos —los pekineses, sobre todo—; y de mi frustración porque la naturaleza no me permitió tener una melena, una barba y una pinta como la de John Lennon en las fotos de los Beatles cruzando el paso de cebra de la londinense calle de Abbey Road. Seguro hubieras pasado tu mano suave y blanca por mi cabello chuto, me habrías besado en la boca y hubieses pronunciado alguna frase cordial, algo lindo en inglés, como una canción compuesta por Paul McCartney, concierto de pequeños aviones de papel que hubiesen despegado de tus labios volando —ahora sí— en exclusiva para mí. Quedaron mis luciérnagas, copulando, y sus hijas, y las hijas de sus hijas y sus hijas y sus hijas… todas con el culo lleno de luz, iluminándoles la vida a gentes que no saben de ti.
También quedó la sombra de todo lo que vino después, mi vida, que ya no tiene sentido contarte:
Ese día lluvioso de diciembre que no olvido, en el que me separé de una mujer que no me amaba; y ese otro día triste —también decembrino— en el que Mark David Chapman le encajó cinco disparos a John Lennon, frente del Dakota Building, en Nueva York, ciudad de neón que todavía no conozco. Quedan mis días en Bogotá, viviendo con una mujer que lee a Chéjov, con dos hijos ajenos y tres gatos siameses, en una casa a la que se llega por una calle estrecha que tiene el aspecto de una abandonada carretera lunar.
En ese pueblo, ahora tan ajeno para mí, quedaste tú, Monina, quedó Míster Klevens, y el Marie Rogêt, café que ya nadie recuerda, y donde ahora funciona una franquicia de Pizza Nostra.



También quedó Nelson —el que después se fue a trabajar en un trasatlántico, hizo fortuna, y ahora vive en New Jersey dedicado a cuidar a su hijo de cinco años— el mismo que una tarde me llamó por celular exclusivamente para contarme que Pequeño Alf había muerto, hacía años, de una traba con ácido muriático, químico doméstico con el que su mamá limpiaba la estufa; su pobre mamá vieja y caritorcida que veintitrés años después aún no le ha dado su tercer ataque de trombosis, y a quien le importa un bledo que hoy te esté contando, Monina, que en aquellos lejanos días, apenas abandonada la infancia, todos amábamos a Monina Klevens.
* * *
Nota: Este relato obtuvo el Premio Nacional de Cuento Universidad Central, Taller de Escritores - TEUC, 2012. Las fotografías que acompañan el texto fueron tomadas en Miraflores Boyacá.


TODOS AMABAMOS A MONINA KLEVENS Y OTROS CUENTOS
Formato: LIBRO IMPRESO
Autor: U. Central - Carlos Castillo Quintero, et al
Editorial: EDICIONES B
Tipo Presentación: Libro Impreso
Tipo Formato: Tapa Blanda
Número de páginas: 115
Alto: 21 cm
Ancho: 14 cm
ISBN: 9789588727608

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